Ma. Dolores París*
Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco, México.
*Profesora investigadora de la UAM-Xochimilco.
Investigadora invitada de la Universidad de California en Santa Cruz.
Correo electrónico: mdparis@cueyatl.uam.mx
Agosto 2003.
Resumen
A diferencia de otros pueblos indígenas de Oaxaca como los mixtecos o los zapotecos que tienen una larga tradición migratoria en Estados Unidos, la migración de los triquis puede considerarse como un nuevo grupo migratorio. Por ejemplo, la mayoría de las familias asentadas en el Valle de Salinas, situado en la costa central de California, llegaron hace menos de cinco años. En otros lugares, como en los valles centrales o en las ciudades del sur (San Diego y Los Ángeles) vivían unos pocos hombres triquis hacia los años ochenta. Algunos de esos contados pioneros lograron regularizar su situación migratoria a fines de esa misma década; muchos hombres y la enorme mayoría de las mujeres triquis que viven en California son indocumentados.
En la actualidad, existe un número importante de indígenas de esta etnia en toda la costa occidental de Estados Unidos, en particular en el Estado de Oregon y en el norte y centro de California. Muchos se emplean temporalmente en los campos de verduras y frutas. Si bien la mayoría de los trabajadores temporales son hombres, hay una tendencia clara al aumento del número de mujeres: después de realizar el viaje hacia el Norte en dos o tres ocasiones, los trabajadores se arriesgan a llevar a su esposa y a algunos de sus hijos. Muchas veces la familia queda separada durante meses o años por el proceso migratorio, pues algunos de los hijos se quedan esperando en México con sus abuelos a que los padres ahorren el dinero suficiente para ir a buscarlos.
En el Valle de Salinas, una de las regiones agrícolas más ricas de California, viven cerca de 500 triquis. La mayoría están asentados en la pequeña ciudad de Greenfield, de 13,000 habitantes casi totalmente de origen mexicano. Hoy día, indígenas mixtecos y triquis representan también una proporción considerable de la población.
Entre los triquis, los varones constituyen aproximadamente dos terceras partes de los migrantes, y durante la temporada agrícola llegan a representar el 80 por ciento. Las mujeres tienden a establecerse y a no regresar a México, sólo en casos extremos (como la muerte de algún familiar cercano) debido a que el cruce de la frontera es caro, difícil y peligroso.
Los hombres, en cambio, regresan con frecuencia durante el invierno a Oaxaca para vigilar sus tierras, atender asuntos familiares o comunitarios, o bien, para llevar a otros hijos y familiares hacia el Norte. Muchos jóvenes triquis encuentran empleos en el Valle de Salinas durante la temporada de primavera y verano, y el resto del año trabajan en el sur de California o en Arizona. La mayoría de estos trabajadores “golondrina” son menores de edad, algunos apenas van entrando a la adolescencia.
Probablemente la mayor movilidad de los varones indígenas explica por qué los números que arrojan el Consejo Nacional de Población (Conapo) y la Encuesta de Migración en la Frontera Norte de México (EMIF) nos hablan de un elevado índice de masculinidad: en efecto, de acuerdo con esas cifras, 94.6 por ciento de los indígenas mexicanos que cruzan la frontera son hombres, y sólo 5.4 por ciento mujeres.1 Sin embargo, al observar la población asentada en California, es evidente un índice mucho más bajo de masculinidad.
Los indígenas triquis que viven en el Valle de Salinas son originarios de la región triqui baja, situada en Oaxaca. Las causas principales de su migración son la caída de los precios del café, los conflictos relacionados con la tenencia de la tierra y la violencia política.
Muchos de los migrantes tienen tierras en su comunidad de origen y sembraban maíz, frijol y calabacitas para el autoconsumo. La fuente principal de ingresos, antes de la migración, era la venta del café y del plátano. Don José, quien acaba de llegar a Greenfield para reunirse con sus dos hijas, sus nietos y bisnietos, asegura que la razón principal de que tantos hombres de su comunidad dejen abandonadas las tierras para emprender el camino hacia el Norte es el poquito dinero que da el rico por el café: sólo un comerciante compra el producto de todos los cafeticultores de su comunidad. El año pasado, fueron apenas dos pesos por kilogramo lo que pagó el comprador y rechazó buena parte del producto.
“Hace años —dice Don José— el rico nos compraba a seis o siete pesos el kilogramo y nos llevaba regalos como palas o cervezas. Ahora muchos campesinoshan dejado de sembrar porque no rinde.”
Dice también Andrés, originario de la misma comunidad: “La mayoría sale para acá porque no tiene otra entrada de trabajo. Vivimos en el cerro. En aquellos tiempos en el ochenta todavía había café pos se podía mantenerse con café. Pero el café ya se acabó. Lo único que se sostiene poquito son los plátanos. Hay terreno fértil, otros no, no tiene capacidad, es puro cerro que no se puede cultivar. La gente se tira a salir. Viene y así como viene temporalmente se regresa para allá. Tiene allá a sus chamacos en la escuela, a sus esposas cuidando la casa”.2
Los problemas económicos ligados a la pérdida de una cosecha, al bajo precio del café o de los plátanos, son mencionados constantemente como las causas directas de la migración. Para Oralia y Eleazar, la salida de Río Venado se debió a que un parásito entró a los campos y acabó con la cosecha.
A la situación de pobreza se suma casi siempre la violencia en la comunidad de origen que no sólo obliga a familias enteras a salir de la región, sino que en casos extremos impide el retorno. María, quien vive en Greenfield con sus hijos y nietos, recuerda que lo que los forzó a dejar su comunidad el año pasado para venir a California, más allá de la pobreza, fue la quema de los campos que sembraba su esposo. Para casi todos los triquis, la violencia es una referencia constante de la migración.
Como en toda la Sierra Mixteca, una fuente de conflictos es el problema de los límites de tierras, causa de centenares de muertes y enfrentamientos entre comunidades.
Los enfrentamientos y asesinatos son motivados también por disputas familiares, borracheras y envidias:
Un día empezaron a matar. Creo que fue por una borrachera o algo así. Me dio mucho miedo y le dije a mi esposo: “No me gustó aquí porque matan. Todo esto van a aprender mis hijos y no quiero que lo aprendan porque muchos familiares míos ya han muerto así, no quiero que mis hijos vayan a pasar por esto” Fue cuando me salí de ahí. Fui a Paso del Águila y mi esposo se fue a arreglar el asunto a Llano Nopal. Acarreamos todas las cosas con la yegua. Todo eso pasó en el mes de enero de 1999. Mataron a mi vecino el 4 de enero, era todavía de día. Lo mataron a las dos o tres de la tarde. (…) Cuando pasó todo eso decidí venirme al Norte. Le dije a mi esposo: “Mejor nos vamos al Norte y dejamos a los niños con mi mamá”.3 Hay que señalar además que existe en la región triqui una alta conflictividad política y violaciones generalizadas a los derechos humanos. La cara más evidente de este tipo de violencia es la represión y el asesinato de muchos triquis. Muchos triquis que viven en Greenfield tuvieron una experiencia de organización y participación política, también han perdido a seres queridos debido a la represión y al poder arbitrario de los caciques.4
Los triquis que emigran a California tienen generalmente experiencias migratorias previas hacia el norte de México, en particular hacia Culiacán, Sinaloa; Hermosillo, Sonora y Ensenada, Baja California.
Los indígenas de la región triqui baja comenzaron a irse hacia los campos agrícolas de Sinaloa en los años setenta. Estos flujos migratorios se incrementaron considerablemente durante los ochenta debido al aumento de la violencia política y la inseguridad agraria. Fue también durante esa década cuando la migración hacia el norte de México se hizo permanente: los jornaleros agrícolas buscaban empleo en Sinaloa durante el invierno y el resto del año en Baja California.
En la actualidad, el censo de población indica que cerca de cinco mil triquis viven en esos tres Estados del norte.5
En Sinaloa y Baja California, niñas y niños triquis empiezan a trabajar en los campos desde muy temprana edad y abandonan la escuela para contribuir al ingreso familiar. A los seis o siete años, los menores laboran jornadas de ocho a diez horas para recibir menos de la mitad de un salario mínimo. Todos los miembros de la familia se incorporan al trabajo agrícola para alcanzar niveles de subsistencia. Los salarios son muy bajos y las condiciones de vida precarias; el trabajo suele ser a destajo y los ingresos oscilan entre los 300 y los 500 pesos semanales.
Hace una decena de años algunos triquis empezaron a arriesgar el cruce hacia Estados Unidos. La gran diferencia salarial entre ambos lados de la frontera fue la causa fundamental de la migración hacia California. Con un salario mínimo de 6.75 dólares por hora, los trabajadores triquis llegan a cobrar hasta diez veces más lo que percibían en el noroeste de México. La posibilidad de ganar más en poco tiempo, y así poder regresar a sus comunidades con un pequeño capital, motivó que grupos muy numerosos de triquis viajaran más rápidamente al Norte para buscar trabajo en los campos californianos.
Actualmente, las redes migratorias formadas a través de relaciones de parentesco se extienden de Oaxaca a Ensenada (Baja California) hacia El Altar (Sonora) y de ahí hacia Phoenix (Arizona). De este último punto los migrantes se dispersan fundamentalmente hacia las grandes regiones agrícolas de California y de Oregon, por un lado, o bien, hacia las ciudades de Los Ángeles, Atlanta y Nueva York.
La estructura fundamental de la migración es la familia extensa. Los triquis no viajan nunca solos sino que cruzan la frontera en grupos de siete a quince personas, acompañados de un “coyote” que muchas veces es tío, primo o compadre y casi siempre pertenece a la comunidad. El viaje suele ser largo y peligroso: atraviesan una parte del desierto a pie, cargando a los niños pequeños, así como cantidades mínimas de comida y agua para el camino: Agua y tortilla, totopos.
“Los llevaba en una bolsa mi esposo y cuando subimos el cerro me ayudaba con el niño y yo cargaba la bolsa. La primera noche en una barranca dormimos. Ahí nomás estuvimos escondiditos porque hay moscas y pasa la migra con luz, pero gracias a Dios que no agarró a nosotros. La segunda noche caminamos toda la noche y descansamos cuando llegamos a la casa del indio. En el desierto cuando se acaba el agua toma uno el agua que hay ahí para que tomen los caballos. Pone uno el pañuelo y echa uno de un jalón y ya pasa el agua limpia. El bebé se enfermó pero por la gripa, por tos y calentura. Hacía frío en la noche. Llevábamos chamarras y una cobija que envolví a mi hijo pero como tenía siete meses nomás”.6
En alguna barranca o casa de seguridad, los recoge un “raitero” que los lleva a Phoenix. Allí, es algún miembro de la comunidad triqui el que los conduce en camioneta hacia su destino donde se alojan en casa de familiares. Para conseguir el primer empleo, cuentan también con el apoyo de las redes de parentesco. Es algún familiar ya asentado en Greenfield el que los “lleva” con el mayordomo para completar las cuadrillas, muchas de las cuales están formadas exclusivamente por mixtecos y triquis.
Las condiciones de trabajo en los campos de uvas y verduras han ido deteriorándose a lo largo de los últimos años. Debido a que la Unión Campesina ha ido perdiendo poder y capacidad de negociación, y como la mayoría de los trabajadores agrícolas indocumentados desconocen las leyes laborales o están temerosos de defender sus derechos, los contratistas cometen numerosos abusos. Es frecuente también que los mayordomos utilicen un lenguaje agresivo y racista para intimidar al trabajador, eludir el pago de horas o despedirlo sin razón:
“A veces trabaja uno diez horas y pagan nueve. Hay muchos abusos. A veces, no todos nosotros tenemos la misma capacidad para apurarnos o aprender el trabajo. Entonces, el mayordomo te trata de lo peor: ¡Para eso quieres venir al Norte! ¿Pa’qué vienes al Norte si no sabes ni trabajar? ¡Para qué dices que le sabes si no sabes nada!’ Le digo a Juan Manuel (representante de la Unión Campesina “Cesar Chávez”) que es muy bueno que haya un sindicato que defienda a la gente. Unos entienden eso pero otros no. No quieren venir porque no saben explicar su problema que tienen. A unos los corren sin razón y no saben donde ir. Otros no reciben su sueldo como es. En los campos corremos mucho peligro. La uva está llena de polvo de herbicida. Uno anda con todo el polvo que se mete a la nariz y molesta. El año pasado no pagaron a varias gentes y no pagaban sus horas y el tiempo que estuvieron allí. Son tres o cuatro los que protestaron pero los demás ¿dónde están? Luego prefieren perder ese dinero y mejor seguir trabajando. Dicen que no tienen tiempo”.7
El acoso sexual hacia las trabajadoras agrícolas triquis es frecuente, y muchas veces tienen connotaciones racistas. Por ejemplo, cuenta Rosario cómo un mayordomo llamado Luis, molesta y se burla de las mujeres triquis que no hablan español:
“A Teresa, Luis le decía cosas todos los días como que se la iba a llevar y a cogerla, le decía muchas groserías. Le dijo una vez que si se iba con él en la tarde, le seguiría dando mucho trabajo. Ella no entendía nada entonces le decía que “sí”. Yo terminé por decirle que más le valía cuidarse porque si se enteraba su esposo le iba a pegar. A Luis le advertí “Si sigues diciéndole eso, lo va a saber su esposo y te va a clavar un cuchillo. ¡Te la estás buscando!”8
Las mujeres triquis trabajan jornadas de ocho a diez horas en los campos de verduras, cortando y empacando lechuga, brócoli, chícharo, espárragos, o bien, en las tareas de limpia y pizca de la uva.
Cuando tienen niños pequeños, nacidos en México, los dejan encargados durante la jornada laboral con otras mujeres triquis o mexicanas pagando una cantidad diaria de 10 dólares por niño. Pero si sus hijos nacen en Estados Unidos dejan a veces de trabajar en los campos y reciben el apoyo de algunos programas de beneficencia y seguridad social.
Debido a que la mayoría de las mujeres cruza la frontera para acompañar o reunirse con su esposo o sus hijos, las migrantes triquis de más de quince años son raramente solteras. La edad del primer matrimonio suele ser de los 12 a los 16 años. Las mujeres jóvenes tienen tan poco poder en su hogar como en la comunidad. En la casa, están casi siempre sometidas a los deseos u órdenes de los suegros y del esposo, raramente participan en las decisiones que afectan la vida familiar. Muchas de ellas se quejan de haber venido al Norte contra su voluntad. La violencia doméstica es un problema generalizado a pesar del hacinamiento y de la falta de privacidad de las parejas. Es común que los golpes contra la mujer sean resultado de borracheras.
El proceso de asentamiento de los triquis en el Valle de Salinas provoca cambios culturales tanto en las formas de integración de la comunidad como en las relaciones de género. Los espacios abiertos de convivencia son pocos y están casi siempre cercados por una multitud de reglas y leyes difícilmente entendibles para los nuevos inmigrantes indígenas. Así, los hombres triquis suelen reunirse para tomar cerveza y convivir en las afueras de un billar que se encuentra en la calle principal del pueblo. Muchos de ellos han recibido en varias ocasiones multas por consumir alcohol en la calle o por andar borrachos. Otros son detenidos cuando conducen de regreso a su casa. Son varios los triquis que se encuentran actualmente en la cárcel de Salinas por no pagar las multas o por conducir sin papeles y bajo la influencia del alcohol. La represión contra el consumo de alcohol afecta no sólo un elemento de la identidad masculina, sino también una forma importante de integración sociocultural.
Por su parte, las mujeres triquis aprenden pronto que en California tienen oportunidades más claras de defender sus derechos. En casos extremos de violencia doméstica, han llegado a denunciar a sus esposos a la policía,9 quienes han recibido sanciones que van desde una reprimenda, hasta la cárcel. Durante el embarazo, las mujeres suelen recibir información y consejos de trabajadoras sociales y enfermeras en los programas “prenatales” de las clínicas locales. Esto las lleva a revalorar su condición y, en ocasiones, a tratar de modificar su papel en la unidad familiar.
Finalmente, varias mujeres han empezado a buscar otros medios de subsistencia en la confección y venta de tejidos. Para ello, se reúnen, se organizan y discuten. Aprovechan sobre todo la posibilidad de encontrar un espacio común para exponer sus preocupaciones y sus esperanzas.
Notas
1 Estimaciones de CONAPO con base en la STyPS, CONAPO, INM y el COLEF, Encuesta sobre Migración en la Frontera Norte de México (EMIF), 1998-1999, 1999-2000 y 2000-2001.
2 Entrevista con Andrés, Greenfield, California, 10 de diciembre de 2002.
3 Entrevista con Martha, Greenfield, California, 6 de diciembre de 2002.
4 Entrevista con Oralia, Greenfield, California, 10 de enero de 2003.
5 El Censo informa de 3439 hablantes de lengua triqui en Sinaloa, 676 en Sonora y 883 en Baja California. En total, sumarían 4,997 individuos hablantes de lengua triqui. Sin embargo, debido a que la encuesta para el Censo se realiza durante el mes de febrero, es decir, en temporada agrícola baja, es probable que las cifras para Baja California lleguen a ser mucho más elevadas en otras épocas del año. INEGI, XII Censo General de Población y Vivienda, 2000 e INI, Dirección de Investigación y Promoción Cultural, IBAI, Base de localidades y comunidades indígenas, 2002.
6 Entrevista con Oralia, Greenfield, California, 10 de enero del 2003.
7 Entrevista con Andrés, Greenfield, California, 10 de diciembre de 2002.
8 Entrevista con Rosario, Greenfield, California, 19 de enero 2003.
9 Se han presentado al menos tres denuncias de este tipo en los poblados de Greenfield y King City.

Mujeres de Copala_Greenfield, California, EUA
Fuente:
http://redalyc.uaemex.mx/redalyc/pdf/340/34003708.pdf