Archivo de mayo, 2010

Los triquis de Chapala, una comunidad que prefiere ocultar su origen

Viernes, mayo 28th, 2010
Paloma Robles
27 de mayo del 2010

El antiguo conflicto por la autonomía del pueblo triqui de la región de San Juan Copala, en Oaxaca, ha producido una diáspora de indígenas de dicho grupo a todo el país. Alrededor de una treintena de familias de origen triqui vive desde hace más de dos décadas en la Ribera de Chapala. En su mayoría profesan el protestantismo y habitan en colonias como Plaza de Toros y la Cascada en Chapala. Otros más se localizan en Ajijíc.

Se dedican a la venta de artesanía. Tejen morrales y telares de lana con formas de paisajes, los venden por escasos 100 pesos. Además, distribuyen pulseras, collares, diademas, dulces regionales (de Chapala), artículos de piel y hasta discos piratas.

La comunidad es celosa y esconde su origen. A pregunta expresa -¿De dónde son?- inmediatamente responden con enojo, “¡De aquí de Chapala vaya y pregunte a la de allá!”.

Sus telares de cintura que esconden entre tablas y ganchos los delatan, lo mismo que sus rasgos y en algunos casos sus vestimentas, unos huipiles en tonos rojos, tejidos a mano, con listones de colores en tiras; que en esta ocasión sólo visten las más ancianas. Se defienden en su silencio: “que no quieren hablar con usted”, traducen los niños.

Margarita tiene 12 años viviendo en Chapala, vino desde San Juan Copala donde dice, “era difícil vivir”, su marido tenía una tía que vivía en la Riviera, aquí se quedó.

A ella se sumaron otros triquis que en cada periodo vacacional huyen de su tierra natal y se adhieren al panorama local. Según refiere Margarita, sólo en Semana Santa fueron ocho los paisanos que vinieron de visita y ya no regresaron a Oaxaca.

Es viuda, su esposo murió hace siete años, le dejó cinco hijos a su cargo; el mayor tiene 22 años y trabaja en el Ayuntamiento de Chapala de mandadera; la menor de sus hijas tiene apenas 12 años, se llama Esmeralda y va a la secundaría.

Margarita explica que su esposo “se tiró a la bebida, se dejó morir, tenía diabetes y en una tomada le dio una embolia; cuando él murió yo también empecé a tomar cerveza pero de qué me servía gritar, llorar, sino gano nada, dije”. Guarda silencio, recuerda: “mis hijos estaban chiquitos, yo sólo me puse a trabajar”.

Originaria de Pinotepa Nacional, dice que allá no se puede vivir, “menos en San Juan Copala” de donde son originarios todos sus vecinos de venta y donde ella vivió con su esposo.

Está muy feo por allá, se tiran a matar por puros corajes, chismes de que si tienen dinero, de quién es el que manda. Se pelean por habladurías y pleitos yo no quería eso para mis hijos, nomas pensando si los iban a matar, si ya no regresaban de la escuela o si estaban en la cárcel”, refirió Margarita, quien explicó que en una de esas grescas murió su papa, su hermano y un cuñado.

Agrega: “el pleito en mi pueblo está desde que yo era chica, imagínese tengo 43 años y no se termina”.

A pesar de que dice que la vida en Chapala es más tranquila, a sus hijos los ha tratado de colocar en lugares en los que ella piensa que se pueden alejar de la propia comunidad triqui asentada en la Rivera de Chapala, donde el fenómeno de la violencia se ha trasladado desde Oaxaca.

“No les interesa convivir”, declara una de las vecinas de local, quien indica que en un principio trató de acercarse pero asegura que “ellos no tiene Ley”.

Le ha tocado presenciar pleitos en los que se golpean hasta arreglar cuentas, “entre mujeres, entre hombres, no importa”.

Lo anterior lo confirman por lo menos otros tres locatarios que acusan que incluso por una golpiza quedó una indígena “dislocada del cuello” (sic). Desde hace seis meses que no ha vuelto abrir su puesto.

La policía los conoce, “siempre les da la razón a los más fuertes” dice una vendedora del andador.

“Están organizados en dos grupos y por desacuerdos de cualquier tipo se pelean, asuntos familiares, de sus puestos, de los precios”, explica un policía municipal.

“Nosotros nos hemos enterado de sus pleitos y pues los agarramos cuando los vemos que se golpean, pero pues se arreglan entre ellos y en su idioma, no podemos hacer nada”.

Para el síndico de Chapala, Moisés Anaya Aguilar, el asunto es menor, “son sólo vendedores, no hacemos distingos, no tenemos problemas con ellos y la organización se da con sus líderes”, repuso. Desconoce el mecanismo violento para la resolución de conflictos.

Se dividen:

La división del pueblo triqui ha derivado en los últimos años en un asunto de paramilitarismo. Recientemente se ha conocido por el asesinato de Timoteo Alejandro Ramírez, líder del Movimiento de Unificación y Lucha Triqui Independiente (MULTI). Así como la emboscada a la caravana “Por la Paz y Solidaridad de la Región Triqui”, el pasado 27 de abril; ataque en el que murió la activista Alberta Cariño Trujillo y Jyri Jaakkola, observador internacional finlandés.

“Yo no entiendo por qué tanta división, al fin y al cabo somos de la misma región, hablamos el mismo lenguaje” refiere María Hilaria Martínez, indígena triqui de San Juan Copala, que vive en Tlaquepaque, Jalisco.

Agregó: “Yo directamente le echo la culpa al gobierno que ha creado grupos. Está cruel, te da miedo llegar allí. El pueblo no va a progresar, hay muchas personas preparadas que no se quedan por que tienen otras ideas, no hay trabajo. Mientras mis paisanos triquis estén con armas en la mano, nunca van a progresar, van a ser un pueblo hundido y siempre va ser así porque desde que yo tengo uso de razón siempre ha sido así”.

Sentenció: “Somos tontos, porque mientras unos están pelando hay muchos recursos que se están desviando, yo pienso que el gobierno está distrayendo a la gente”.

 

Fuente:

http://www.lajornadajalisco.com.mx/2010/05/27/index.php?section=politica&article=009n1pol

Triqui siguiente ruta de acceso a la educación

Domingo, mayo 16th, 2010
 
Por: Claudia Meléndez Salinas
Salinas Herald Oficina
16 de Mayo del 2010.
 
 
En Santa Cruz Río Venado, un pequeño pueblo enclavado en las montañas de Oaxaca, México, Amadeo López era todo una celebridad: Ganar la poesía y concursos regionales recitación, trayendo gloria al pueblo de poco más de 400 residentes.

Así que cuando cumplió 14 años, la edad los hombres jóvenes en su ciudad natal se embarcan en el rito de pasaje, los aldeanos estaban en dificultades para verle pasar.

“Decían que yo era la persona más inteligente”, dijo López, sentado en una sala de estudio en la nueva biblioteca de Hartnell. “Cuando mi padre vino a buscarme… me dijo:” Vamos a ver si eres inteligente con Inglés. ‘”

A diferencia de la mayoría de los jóvenes migrantes mexicanos indígenas que vienen a los Estados Unidos en busca de trabajo, López tenía  la escuela en la mente. Su hermano menor comenzó a enseñarle los números y las letras en inglés, y se matriculó en la Escuela Secundaria Greenfield.

Este otoño, López se trasladarán a Cal Poly San Luis Obispo, donde planea especializarse en ingeniería civil. El cree que es el primer indígena triqui de graduarse de Hartnell y pasar a una universidad de cuatro años.

Hartnell College funcionarios no siguen la pista del país de origen para sus estudiantes.

López, de 22 años, representa una nueva marca de los migrantes mexicanos indígenas. Todavía hay pocas, pero están haciendo más hincapié en la educación que trabajando, una desviación de la tradición de décadas de antigüedad de su llegada a los Estados Unidos únicamente para trabajar en el campo.

La tendencia se debe en parte a la labor de La Universidad Indígena, un grupo de jóvenes indígenas migrantes cuyo principal objetivo es rescatar a sus patrimonio cultural y promover la educación, según su página web. López aprendió sobre La Unión Indígena a través de sus primos, los fundadores de la organización.

López siempre ha querido estudiar, dijo, pero en su pueblo natal, nadie se anima a cursar estudios superiores. Así que cuando llegó a Greenfield, su idea era sólo para aprender inglés y trabajar en los campos.

Se matriculó en el noveno grado en Greenfield Alto pocos meses después de que abandonó el quinto grado en Santa Cruz Río Venado. Se había quedado atrás en la escuela porque sus padres habían emigrado a través de México siguiendo las cosechas, por lo que su educación tenía que ser interrumpida.

Una vez en Estados Unidos, llegó la caída de la escuela. ¿Pre-álgebra? ¿No es un problema el inglés y español? Un poco más difícil. En su ciudad natal, los maestros le hablaron en español, pero  es lengua franca de la región triqui. Todavía habla en un español vacilante, y aunque él parece entender inglés bien, elige a sus respuestas cuidadosamente.

En el 11 º grado, asistió aYo Puedo” habilidades de un mes un campamento de verano patrocinado por el Programa de Educación Migrante de la UC Santa Cruz, donde los estudiantes participan en clases de computación, matemáticas, ciencias y literatura, y capacitar en el estudio y gestión del tiempo.

Durante esas semanas, evidenció sus habilidades en idioma Inglés, y la idea de continuar en una senda sembrada fue la universidad.

Al año siguiente, López se reunió por primera vez a su primo Alejandro Álvarez, graduado de la CSU Sacramento ahora trabaja como etnólogo. Mirando Alvarez tenga éxito, fajado de López.

“Me dijo que no era difícil de estudiar”, dijo López. “En ese entonces, yo  quería ser maestro, yo era bueno en matemáticas. Entonces vi que podía ser algo más grande. Fui a tomar clases de consejería, donde aprendí sobre las diferentes carreras, y decidí centrarme en   ingeniería civil”.

Patrocinado por La Unión Indígena, López está organizando un programa de información en su lengua materna en el Radio Bilingüe en Salinas y la enseñanza de la clase triqui en Greenfield. Aunque abierto a todos, el foco de la clase es inculcar el orgullo en la lengua entre sus compatriotas.

“Cuando llegaron los españoles quemaron nuestros códices, querían desaparecer el triqui”, dijo. “Lo que veo es que la lengua se está perdiendo, los jóvenes quieren aprender español, no quieren aprender el triqui. Quiero trabajar con mi comunidad para que el idioma no se pierda.”

Con un promedio de 3,3, López fue aceptada en cinco de las ocho universidades que aplican. Reputación de Cal Poly lo atrajo, y ya tiene algunos amigos que estudian en – ex compañeros – Hartnell que transfirieron antes que él. En algún momento, le gustaría volver a su comunidad para ayudar.

No ha trabajado en los campos, sólo un año – una ruptura de los últimos seis años- estuvo cosechando la lechuga en fines de semana para ayudar a financiar sus estudios. Con un poco de ahorro, y la ayuda de su padre, López está dedicándose a tiempo completo a la escuela.

Cuando se le preguntó para reflejar lo que significa para él ser el primero en su familia para ir a la universidad – y uno de los primeros en su pueblo – López sonríe y dice que es una pregunta difícil. Pero él dice que se inspira para ayudar a sus compañeros triquis perseguir sus sueños.

“Puedo ver que necesitamos más gente para trabajar con nosotros”, dice López. “Me inspira a estudiar. Ayudar a mi gente me hace sentir bien.”

 

Claudia Meléndez Salinas puede ser contactada en 753-6755 o cmelendez@montereyherald.com.

 

 

 Fuente: 

http://www.montereyherald.com/local/ci_15097440?nclick_check=1

De migrantes, indígenas e indigenistas: San Quintín, 15 años después

Miércoles, mayo 12th, 2010

Everardo Garduño.

Universidad Autónoma de Baja California
31 de Septiembre del 2003
 
 Introducción.

Durante las vacaciones de primavera de 1997, 10 años después de haber trabajado en San Quintín, visité la comunidad indígena de La Nueva Región Triqui; ésta es una comunidad de aproximadamente 2,000 indígenas oaxaqueños, obviamente de origen triqui predominantemente, distribuidos en cerca de 300 viviendas (observación directa). Durante las dos semanas en que permanecí en esta comunidad, observé que ésta no difería significativamente de la mayoría de las comunidades indígenas oaxaqueñas, dado que en cada recinto existía un jardín botánico en el cual cultivaban maíz, fríjol, calabaza y plantas medicinales de distinto uso; en algunos casos observé incluso, que existía el tradicional baño de vapor o temascal y las cocinas construidas de carrizo afuera de las viviendas; en el interior por su parte, era común que estuviera el fogón de adobe y el telar de cintura, artefacto con el que estos indígenas elaboran su ropa tradicional. Más aún, la vida en La Nueva Región Triqui parecía transcurrir tal y como sucede en cualquier otra comunidad de Oaxaca; en mi primer paseo a lo largo de este asentamiento indígena, observé tres eventos celebrados en la forma más tradicional de los indígenas oaxaqueños pertenecientes a la región mixteca: una quinceañera, un bautizo colectivo y un funeral. El siguiente día establecí contacto con un grupo de músicos que interpretaban las típicas chilenas, y más tarde fui testigo de una limpia practicada por una curandera indígena. Después de haber llevado a cabo estas observaciones, era fácil concluir que La Nueva Región Triqui no era sino una comunidad indígena oaxaqueña más, con todos sus elementos más comunes; sin embargo, se trataba sin lugar a dudas, de un interesante caso de reterritorialización de una comunidad y de una cultura, localizada en San Quintín, Baja California, aproximadamente a mil ochocientas millas del Estado de Oaxaca.(1)

San Quintín es un valle agrícola situado a cuatro horas al sur de la frontera entre México y Estados Unidos, a donde cada verano acuden grandes contingentes de indígenas procedentes del estado de Oaxaca, contratados por las compañías horticultoras de la región, para cosechar diversos productos entre los que destaca el tomate. Estos trabajadores indígenas son albergados hasta el otoño en campamentos precariamente equipados, cuyas condiciones contrastan con las de los barrios o colonias en donde residen los migrantes permanentes que, como La Nueva Región Triqui, se han multiplicado a lo largo de este valle. A diferencia de la situación prevaleciente en los campamentos, los barrios poseen los servicios básicos como electricidad, agua, tiendas, escuelas, guarderías, etc., y en donde familias enteras de origen zapoteco, mixteco, y triqui, se encuentran en libertad de reproducir sus practicas culturales, y desarrollar sus propias formas de organización y lucha en contra de la explotación y segregación de la que han sido históricamente objeto en San Quintín.

Ciertamente, en el origen de estos barrios indígenas en el valle, subyace una larga historia de acciones y movilizaciones de los trabajadores agrícolas oaxaqueños, en la que no ha estado ausente el trabajo de los indigenistas, tomando decisiones ante distintos dilemas. En 1987, participé en un equipo de trabajo constituido por el Instituto Nacional Indigenista en San Quintín, que tenía por objeto llevar a cabo una evaluación tanto de las condiciones en las cuales vivían los migrantes indígenas en los campamentos, como del trabajo desarrollado por las distintas instituciones y organizaciones en la región (Ver Garduño et al: 1990). En este articulo se presenta un resumen del análisis y sugerencias realizados por este equipo, con la intención de reorientar el trabajo de INI, y tener un impacto mucho más positivo sobre las condiciones sociales de la población indígena en este valle agrícola. Este artículo ofrece también algunos comentarios sobre el impacto de estas acciones, 15 años después. Es importante señalar que quienes participaron en esta experiencia de 1987, fueron: Juan Malagamba (Director de Centro Coordinador del Instituto Nacional Indigenista en Baja California), Efraín García, Patricia Morán, Gerardo Cordero, Rubén Peralta, y Marta Susana Rivera. Ellos constituyen lo que en esta ponencia se denomina, el equipo del INI.

La explotación de indígenas en San Quintín.

Hacia la década de los setentas y principios de los ochentas, la producción de hortalizas en San Quintín llegó a ser la actividad agrícola más redituable en Baja California. La fertilidad de la tierra en este Valle, la abundancia de agua en esos años, el clima templado, así como la ubicación geográfica de San Quintín, fueron factores importantes de este éxito. Por una parte, las condiciones climáticas que permitían que el cultivo de tomate pudiera desarrollarse durante el verano en San Quintín, cuando era poco probable que en los Estados Unidos tuviera éxito, así como la vecindad con el mercado hortícola más grande del mundo, representado por el Estado de California, constituyeron factores fundamentales de atracción de diversas compañías norteamericanas, que buscaban nuevas áreas para desarrollar una producción agro exportadora de intensidad, que en poco tiempo llegó a generar el 22% del ingreso agrícola del Estado (SARH 1985: 91-93).

Pero no sólo las características físico-geográficas del Valle de San Quintín, constituyeron factores exclusivos del éxito económico de la región, y particularmente de los horticultores, sino también la concurrencia de una fuerza de trabajo migrante de origen indígena. A las ganancias de por sí extraordinarias, obtenidas de la diferencia entre ingresos en dólares y el pago de salarios raquíticos en pesos, habría que añadir como ventaja adicional la condición monolingüe de los recién llegados, así como el desconocimiento casi absoluto sobre la Ley Federal del Trabajo con el que arribaban; ambos fueron factores aprovechados frecuentemente por las compañías para escamotear los derechos laborales de los migrantes. Durante el tiempo de trabajo de nuestro equipo del INI (1987), pudimos ser testigos de cómo estos jornaleros eran forzados a realizar jornadas extenuantes por un salario de aproximadamente 5 dólares al día, y a trabajar obligatoriamente horas extras, sin consideración alguna ni para niños ni mujeres embarazadas. Más aún, pudimos registrar cómo la principal ventaja que las empresas agrícolas obtenían de la relación con la fuerza de trabajo indígena migrante, provenía de la perpetua categoría de trabajadores temporales en la que ubicaban a todos sus empleados, incluso a aquellos que tenían cerca de 20 años trabajando para un mismo contratador. En esta condición, dimos cuenta de cómo a los indígenas oaxaqueños no les eran reconocidos los beneficios establecidos en la Ley Federal del Trabajo para los trabajadores permanentes, como es el caso de la semana laboral de 6 días con el pago de siete, el goce de vacaciones pagadas, aguinaldo, y reparto de utilidades (Garduño et al 1990: 80-97).

Durante los años de trabajo de nuestro equipo en San Quintín, pudimos incluso observar la práctica del “acasillamiento” (2) por parte de los patrones. En repetidas ocasiones, vimos cómo al arribar los primeros contingentes de jornaleros, el contratador los conducía a la tienda del lugar para que recibieran a manera de avance de sus honorarios, lo que necesitaran para sobrevivir las primeras semanas; de esta manera, los jornaleros caían inmediatamente endeudados y obligados a trabajar exclusivamente para la compañía que los trajo, y si por alguna razón interrumpían su trabajo por más de 3 días (por enfermedad, embarazo, o para buscar un mejor empleo), éste debía pagar inmediatamente la deuda que había contraído, además que perdía automáticamente su empleo, e incluso la vivienda que le habían asignado. Nuestro equipo también fue testigo de cómo esto también sucedía, si los trabajadores protestaban por el trato del que eran objeto y por el atropello de sus derechos laborales por parte de la compañía (Ibíd.). Por otra parte, la escasa inversión que las compañías realizan en el bienestar de sus trabajadores, albergándolos en condiciones por demás deplorables, ha representado históricamente una fuente importante de ahorro para los patrones. En nuestro diagnostico describimos detenidamente como los jornaleros mixtecos son albergados en campamentos insalubres constituidos por pequeños cuartos de lámina de apenas 4 x 4 metros, que no ofrecen ninguna protección contra los fuertes vientos del verano o frente a las lluvias de invierno, cuando los techos de estas viviendas gotean abundantemente y su piso de tierra se vuelve lodo; la mayoría de estos campamentos no cuenta con un numero suficiente de letrinas y baños, no tiene electricidad, y el agua se obtiene de cisternas altamente contaminadas. Debido a estas condiciones, nuestro equipo de trabajo registró en esos años que los habitantes de los campamentos sufrían frecuentemente de enfermedades respiratorias (29%), gastrointestinales (28%), y enfermedades reumáticas (18%) (Ibíd.: 65-80).

El campamento, sin embargo, no ha representado para las compañías sólo una ventaja como fuente de ahorro extraordinario, sino el principal medio de control social sobre sus trabajadores. La dispersión de estos asentamientos, así como su localización al interior de la propiedad de las empresas horticultoras, inhibe el desarrollo de una intensa socialización entre los indígenas. Hacia los ochentas había aproximadamente veinticuatro campamentos dispersos en un área de 200 kilómetros, separados uno del otro hasta por 10 kilómetros. Esta situación hacia que aquellos migrantes pertenecientes al mismo grupo étnico, pueblo, o incluso familia, vivieran dispersos y aislados, ausentes de todo contacto entre ellos, al tiempo que propiciaba el hacinamiento de un gran número de individuos pertenecientes a una gran variedad de grupos étnicos como el mixteco, el triqui, el zapoteco, el nahua, y el purépecha. Así, la dispersión dificultaba a los indígenas el poder desarrollar una elevada cohesión social, mientras que el hacinamiento multiétnico creaba una atmósfera de permanente tensión en el campamento; ambos factores frecuentemente conducían al surgimiento de batallas campales protagonizadas por los diferentes grupos dentro de estos asentamientos. Por ultimo, en la neutralización de la organización de los indígenas al interior de los campamentos, han jugado un papel central tanto la figura del campero, como la afiliación forzada de los trabajadores a los sindicatos blancos. El campero es una especie de policía indígena privado muy cercano al patrón, y encargado de mantener el orden en el campamento. En nuestro trabajo de campo pudimos apreciar que en particular, las obligaciones de este personaje eran: poner especial atención a las opiniones adversas de los trabajadores indígenas acerca de las condiciones de vida y de trabajo en las que se encontraban; reprimir cualquier intento de huelga, y prohibir la expresión de prácticas alteradoras, como aquellas relacionadas a su tradición. Por ejemplo, nosotros fuimos testigos de cómo el campero no permitía que los trabajadores indígenas llevaran a cabo reuniones, hablaran su lengua o construyeran los tradicionales temascales dentro del campamento. Por otra parte, en esos años era común que los patrones obligaran a los trabajadores que vivían dentro de sus campamentos, a afiliarse a alguno de los sindicatos blancos en la región, aun cuando estos hacían muy poco por mejorar las condiciones de sus agremiados; tal era el caso de aquellos sindicatos pertenecientes a la Central Nacional Campesina (CNC) y a la Confederación de Trabajadores de México (CTM), afiliados al partido oficial de ese entonces (el PRI).

Las estrategias indigenistas organizativas y las estrategias paternalistas.

Hacia 1987, existían varias instituciones gubernamentales y no gubernamentales, desarrollando distintos programas de carácter social entre la población migrante indígena en San Quintín. Entre las instituciones no gubernamentales se encontraban aquellas afiliadas a iglesias evangelistas como la Pentecostés y los testigos de Jehová, o aquellas afiliadas a un organismo político específico, como las mencionadas anteriormente CNC, CTM, afiliadas al PRI, y la Central Independiente de Obreros Agrícolas y Campesinos (CIOAC), afiliada al Partido Comunista Mexicano. Por su parte, entre las instituciones gubernamentales se encontraban el Desarrollo Integral de la Familia (DIF), el INI, el Instituto Nacional de Educación de los Adultos (INEA), y el Consejo Nacional de Fomento Educativo (CONAFE).

Desde nuestra perspectiva, estas instituciones y organizaciones que trabajaban en San Quintín, se dividían en dos categorías: las de carácter paternalista y las de carácter organizativo. Quienes asumían la estrategia paternalista se caracterizaban por una despreocupación total en propiciar una participación intensa y organizacional de los indígenas; las acciones desarrolladas bajo esta estrategia, consistían exclusivamente en proveer gratuitamente a la población migrante de mercancías y servicios que satisficieran directamente sus necesidades más urgentes, tales como alimentos, cobijas, juguetes para los niños durante la Navidad, y eventualmente atención medica. En nuestra opinión, evidentemente este era el caso de las organizaciones afiliadas a las distintas iglesias y el propio DIF.

Por el contrario, la estrategia orientada hacia metas organizativas se caracterizaba por su énfasis en la creación de “grupos autogestivos” (3), que fueran capaces de satisfacer sus propias necesidades y reclamar sus derechos laborales como trabajadores indígenas. Este debiera ser el caso de los sindicatos afiliados a la CNC y la CTM, que por su condescendiente relación con los patrones y el gobierno, y su inserción “corporativizada” (4) al PRI, adquirían un carácter por demás impositivo, opuesto a toda orientación autogestiva. Este también debiera ser el caso del INI, cuyos programas si bien consistían en ofrecer asistencia gratuita a esta población migrante, a través de las llamadas unidades medicas móviles y una unidad móvil de abasto, su estrategia de trabajo comprendía la creación de núcleos de organización al interior de los campamentos, bajo el nombre de comités de salud y comités de abasto, con el objeto de promover y organizar las acciones de dichos programas. Sin embargo, dado que la meta de los programas del INI consistía en proveer a los migrantes de servicios inmediatos para aliviar temporalmente sus necesidades, y a que estos comités se limitaban únicamente a dar respaldo a las acciones institucionales, éstos no requerían desarrollar una intensa participación realmente autogestiva; de hecho, esta situación incrementaba la dependencia de los indígenas hacia la institución, mas que fortalecer la autodirección.

Finalmente, en nuestro diagnostico concluimos que la única organización con esta orientación de autodirección en San Quintín, era la CIOAC, ya que aun cuando el comité central a nivel nacional y del estado de esta organización estaba constituido por mestizos, el liderazgo local lo tenían los propios indígenas. Estos lideres locales estaban convencidos que el problema central de los migrantes en San Quintín era la explotación laboral, y consecuentemente, creían que la principal tarea de su organización debía ser la sindicalización de los trabajadores indígenas. Premisa fundamental de la CIOAC era que la negociación colectiva de los derechos laborales, seria el único medio para contrarrestar la explotación laboral de los trabajadores y alcanzar mejoras permanentes en sus condiciones de vida. En ese entonces, las demandas centrales de la CIOAC consistían en aumento salarial, pago de aguinaldos, mejoramiento en las condiciones de transportación y vivienda, y el cese al maltrato de los trabajadores en el trabajo.

Al final de la década de los ochentas, sin embargo, ni las instituciones gubernamentales, ni la CIOAC, habían logrado ser completamente exitosas en obtener cambios substanciales en las condiciones sociales de los migrantes indígenas. Desde nuestro punto de vista, el fracaso de ambas era perfectamente atribuible a particularidades de cada una de las estrategias, pero también, a una orientación común a todas ellas, y dominante en esos años. La principal falla de las primeras, fue su orientación paternalista y su estrecha dependencia al gobierno; dado que las acciones de estas instituciones consistían básicamente en proveer servicios a los migrantes indígenas, su impacto se desvanecía sin dejar ninguna base organizativa, tan pronto como la crisis económica en México empezó a repuntar; por ejemplo, en el caso particular del INI, éste no pudo continuar sosteniendo las unidades medicas móviles ni la unidad móvil de abasto, y las formas de organización que había creado al interior de los campamentos, se disolvieron tan pronto como los programas desaparecieron. En el caso de la CIOAC, la influencia del Partido Comunista en esta organización, condujo frecuentemente a la adopción de acciones radicales en contra del gobierno o de las compañías horticultoras, lo cual, en el mejor de los casos resultó en la ausencia de apoyo oficial para la CIOAC (por ejemplo, la negación del registro de su sindicato), pero en la peor de las situaciones, estas acciones resultaron en dramáticas represiones (como el asesinato de su principal líder, y el encarcelamiento de sus dirigentes, en 1987).

Más aun, un elemento común que vino a sumarse a las causas que condujeron al fracaso de las estrategias, particularmente del INI y la CIOAC, fue su negligencia a atender un fenómeno creciente que había empezado a tener lugar hacia 1986. Durante este año, los cultivos de primavera e invierno (tales como la fresa y el cebollín), fueron introducidos en San Quintín demandando grandes volúmenes de fuerza de trabajo y conduciendo a la adopción por parte de los jornaleros mixtecos, de un nuevo patrón migratorio. Por ejemplo, de una muestra estudiada por nuestro equipo de investigación, el 35% de los migrantes había empezado a migrar a esta región, con la expectativa de quedarse a residir permanentemente en el Valle (Garduño et al: 63); como este tipo de migrante generalmente encontraba vivienda fuera de los campamentos, hacía difícil su atención por parte del INI y la CIOAC, instancias que decidieron continuar dirigiendo sus esfuerzos exclusivamente hacia los asentamientos tradicionales, en los cuales permanecían de manera visible numerosos indígenas; por esta razón, dado que este tipo de trabajador permanecía únicamente por el verano en San Quintín, los esfuerzos organizativos tanto del INI y la CIOAC, se desvanecían al llegar el otoño.

Nuestras sugerencias.

En las conclusiones de nuestro diagnóstico establecimos claramente que en nuestra convicción, el problema central y fundamental de la población indígena en San Quintín, era su explotación social por parte de las compañías transnacionales. La forma que nosotros veíamos entonces para hacer frente a este problema, consistía en hacer que los patrones transformaran sus políticas de subyugación y escamoteo de los derechos laborales de sus trabajadores; en este sentido, coincidíamos con la CIOAC en que el único vehículo para alcanzar este objetivo, era la organización autogestiva de los trabajadores indígenas, y que para crear las condiciones para el desarrollo de esta organización, era necesario que el INI contribuyera con las siguientes acciones:

1) Crear una estación de radio multilingüe en San Quintín;

2) Apoyar la creación de barrios indígenas permanentes o colonias constituidas por migrantes residentes en la región;

3) Promover la instalación de campamentos para migrantes estaciónales, fuera de las propiedades de las compañías horticultoras;

4) Apoyar el trabajo de las organizaciones independientes con claras muestras de autogestión indígena.

La creación de una radio multilingüe en San Quintín tenia por objeto abrir canales de comunicación entre los distintos campamentos dispersos en el Valle, y más aún, entre estos campamentos y otras regiones donde existían importantes núcleos de población mixteca, como por ejemplo el sur de California en los Estados Unidos, y Baja California, Sinaloa y Oaxaca, en México.

El apoyo a la creación de barrios permanentes, o colonias, fue sugerido teniendo en cuenta tres consideraciones: primero, que al proveer al campamento de servicios, se estaba incurriendo prácticamente en una acción subsidiaria por parte del Estado hacia las compañías transnacionales, mas que estar apoyando directamente a los trabajadores (5). Segundo, que al promover la creación de barrios indígenas fuera de las propiedades de las compañías horticultoras, con viviendas propiedad de los indígenas residentes en ellos, y con los servicios básicos, se beneficiaría directamente a los indígenas; desde nuestro punto de vista, esto crearía las condiciones para que los migrantes establecieran un control real sobre su propio espacio de asentamiento, y consecuentemente, estuvieran en posibilidades de crear formas de residencia, acordes con su origen étnico, de pueblo, o de familia. Esto, según creímos, se reflejaría tarde o temprano en el florecimiento de formas independientes de organización, capaces de transformar no solo las condiciones laborales y de vivienda de los residentes de estos barrios permanentes, sino también de aquellos que se encontraran residiendo en los campamentos de migrantes.

De manera similar, nuestra sugerencia de instalar campamentos fuera de la propiedad de la compañía horticultora, tenía la intención de acabar con el “acasillamiento” de los jornaleros y el hacinamiento multiétnico; en este nuevo tipo de asentamiento, los jornaleros estarían en libertad de elegir a la compañía para la cual trabajar, y podrían pertenecer al sindicato de su preferencia, sin temor a perder el empleo y su vivienda.

Finalmente, nuestra propuesta de apoyar formalmente a las organizaciones no gubernamentales como la CIOAC, partía de nuestro reconocimiento a dichas organizaciones como formas genuinas de organización autogestiva en San Quintín. Independientemente de la orientación política de esta central, ésta constituía una organización ya existente y dirigida por indígenas, a través de la cual, el INI podría canalizar algunos servicios inmediatos hacia los barrios indígenas. Por ejemplo, en esos años sugerimos dirigir hacia este tipo de organizaciones, apoyo financiero para establecer cooperativas autodirigidas, pequeñas tiendas de abarrotes, e incluso, una oficina de asistencia jurídica laboral; de esta forma, pensamos, estas organizaciones podrían consolidarse como fuertes interlocutores de las compañías transnacionales.

La situación actual.

Nuestro trabajo con el INI en San Quintín terminó hacia 1988, sin ver resultados directos de nuestras sugerencias; sin embargo, dado que en los siguientes años continuamos realizando visitas y trabajo de campo en la región, pudimos atestiguar como en los últimos 15 años se empezaron a producir en el valle cambios significativos.

En 1993, el INI instaló una estación de radio multilingüe, con el nombre La voz del Valle. Esta radio transmite tanto en mixteco, triqui, zapoteco y español, y frecuentemente establece enlaces con radiodifusoras similares en la región mixteca, e incluso en la Ciudad de los Ángeles. En algunos de los barrios de migrantes establecidos, tales como la Nueva Región Triqui, existen bocinas localizadas en la parte alta de los postes, difundiendo la programación de esta radio para que la comunidad entera la escuche. Durante las horas de trabajo, los jornaleros indígenas han empezado a utilizar pequeños radiocasetes portátiles ocultos, para escuchar una programación que va desde recomendaciones alimenticias y de higiene, hasta información sobre sus derechos laborales. Otra actividad importante que ha realizado esta estación de radio, son eventos multitudinarios en donde socializan los migrantes indígenas de distinto origen; éste es el caso de festivales periódicos de música tradicional y tequios (trabajo colectivo).

Por su parte, el número de barrios indígenas ha crecido considerablemente: hacia 1987 había únicamente dos de estos asentamientos; hoy en día existen doce, cada uno de los cuales cuenta con un promedio de 300 familias. Lejos del control de las compañías, y lejos de la vigilante mirada del campero, estos asentamientos han llegado a constituirse en islotes verdes perfectamente distinguibles en el escenario árido de Baja California, en donde la población indígena oaxaqueña recrea su cultura. Por ejemplo, en los barrios de aquellos indígenas que pertenecen a diferentes grupos étnicos, los residentes han empezado a establecer control sobre el espacio, adoptando una distribución propia en el asentamiento; estos son los casos de La Nueva Región Triqui y La Nueva San Juan Copala, dos barrios triquis localizados próximos uno del otro, separados por un barrio mixteco denominado13 de Mayo.

La consolidación de barrios triquis, se ha visto acompañada por la aparición de organizaciones pertenecientes a este grupo étnico, y que posteriormente se han fusionado a organizaciones de mixtecos, o más aun, a organizaciones de acción transfronteriza que aglutinan a indígenas oaxaqueños en general; ejemplo de estas organizaciones son, el Movimiento Unificado de Lucha Independiente (MULI), con base en la comunidad de El Zorrillo; el Movimiento Unificador de Jornaleros Independientes (MUJI), con residencia principal en la colonia Lázaro Cárdenas; el Movimiento Unificado de Lucha Triqui (MULT), del Nuevo San Juan Copala; y la Organización del Pueblo Triqui (OPT), de la Nueva Región Triqui. En 1993, estas organizaciones, asociadas a otras como la Organización del Pueblo Explotado y Oprimido (OPEO), que tienen como centro de operaciones a los Estados Unidos, dieron origen al Frente Indígena Oaxaqueño Binacional, organización multiétnica constituida para desarrollar una lucha común en Oaxaca, Baja California, y los propios Estados Unidos.

Cabe señalar que las organizaciones indígenas en San Quintín, no solamente han experimentado un proceso de proliferación, sino también un proceso de maduración. Lejos de continuar siendo las organizaciones contestatarias y corporativizadas a las organizaciones políticas de izquierda, han llegado a ser organizaciones que han incrementado su popularidad a través de reorientar su trabajo hacia demandas concretas de beneficio directo a los barrios. De esta manera, los líderes de estas organizaciones son ahora considerados por el propio gobierno y las compañías horticultoras, legítimos representantes de los indígenas.

En mi visita a la Nueva Región Triqui en1997, pude confirmar lo anterior. Un día acompañé al principal líder de este barrio, a sostener una serie de reuniones con diversas autoridades gubernamentales; juntos nos reunimos con el representante de la Oficina Local del Registro Civil, para arreglar algunos problemas relacionados con un deceso ocurrido entre la población triqui en los Estados Unidos; más tarde, la persona que estaba a cargo de la titulación de predios en el Valle, atendió amablemente a este líder para discutir asuntos relacionados con los títulos de propiedad del barrio; al término de ese día, este dirigente acudió con el representante del INI para solicitarle el servicio del transporte para el grupo de artesanos de su comunidad; más aún, el ultimo día de la semana en que permanecí en este barrio, el líder triqui acudió como invitado de honor a la ceremonia oficial de conmemoración del natalicio de Benito Juárez en la colonia Vicente Guerrero; y finalmente, en marzo de 1998, puede atestiguar como el Gobernador del Estado visitaba La Nueva Región Triqui y sostenía una reunión con este líder.

La interlocución efectiva de los nuevos líderes indígenas, así como la reorientación de sus demandas, se ha visto cristalizada en una serie de cambios notables en el bienestar de la población migrante, particularmente de aquella que reside en las colonias permanentes. En contraste con los campamentos, estos asentamientos cuentan ahora con electricidad, agua potable, tiendas de abarrotes, escuelas de educación primaria, guarderías, y canchas de básquetbol o fútbol soccer. Por su parte, como ejemplo de la reorientación del trabajo contestatario de las organizaciones indígenas, podemos mencionar el caso de la CIOAC en la colonia mixteca de nombre Maclovio Rojas (en honor a su líder asesinado en 1987), en donde dicha central llevó a cabo con fondos gubernamentales, la instalación de una cooperativa destinada a producir bloques de cemento, así también, en la Nueva Región Triqui, dos grupos de artesanas triquis encontraron un importante respaldo y el servicio de gestoría bilingüe en la Organización del Pueblo Triqui, para obtener apoyo oficial en su actividad productiva y comercial. Posteriormente, esta ultima organización y la CIOAC, llevaron a cabo exitosamente, movilizaciones para solicitar la instalación de un hospital, cerca de los más importantes barrios indígenas.

Mas aún, la interlocución de las organizaciones indígenas no se ha visto limitada a la demanda de servicios para los barrios de migrantes residentes, sino que ha traído también beneficios importantes a los campamentos de jornaleros temporales, así como a las condiciones de trabajo de éstos. De acuerdo a los últimos reportes de INI, los campamentos han empezado a implementar la construcción de pisos de concreto, regaderas, letrinas, ventilación adecuada, y clínicas medicas para la atención de los trabajadores; el maltrato en el trabajo ha disminuido, el trabajo de horas extras ha dejado de ser forzoso, el pago de aguinaldo por parte de la mayoría de las compañías, tiene lugar con mucha mayor puntualidad que antes, y los salarios se han incrementado por encima del mínimo oficial. Asimismo, se ha implementado el Programa Nacional del Niño Migrante, para atender a niños de primaria en campamentos de la ruta migratoria. Por último, es importante señalar que a través del trabajo conjunto entre el INI y las organizaciones de jornaleros en San Quintín, se ha provisto a los dirigentes sindicales de orientación especializada sobre legislación laboral, y se ha instalado una corresponsalía del Juzgado de los Laboral, como herramienta fundamental para hacer frente a la explotación en el trabajo.

Ciertamente, los campamentos aún permanecen en el interior de las propiedades de las compañías, sin embargo, en reunión reciente sostenida por las distintas organizaciones indígenas y las agencias gubernamentales en San Quintín, surgió nuevamente la demanda por parte de las primeras, en el sentido de construir campamentos independientes a los horticultores. Cabe destacar que esta demanda fue ahora expresada por aquellas personas que viven en los barrios de indígenas residentes en el Valle, fuera de dichos campamentos de trabajadores temporales.

Ahora bien, es necesario precisar que en el Valle de San Quintín, lejos de prevalecer una atmósfera de cambio social, han surgido nuevos problemas y nuevos retos que afrontar. El considerable aumento en el flujo de recursos para la atención de la población migrante en esta región, ha servido para mediatizar lideres y organizaciones indígenas que en origen eran independientes, con fines evidentemente político-electorales; asimismo, la aplicación de apoyos hacia la atención de necesidades de urbanización, propias de los asentamientos indígenas permanentes, ha sesgado la orientación en origen laboral de las organizaciones, quienes en muchas ocasiones han encontrado más redituable interceder por la pavimentación de calles, la introducción de alumbrado eléctrico, o la construcción de guarderías, que continuar pugnando por la transformación de las relaciones laborales con los horticultores. Este sesgo en las estrategias organizativas, ha conducido hacia fines de los noventas, a un desencanto de los propios indígenas en sus organizaciones, y a un consecuente debilitamiento de estas.

Por otra parte, la política indigenista en los últimos años, ha atravesado por una serie de desaciertos que han producido un negativo impacto en la región. En vísperas de las elecciones presidenciales más reñidas en la historia de México, el Instituto Nacional Indigenista llevo a cabo la reestructuración de sus delegaciones estatales, principalmente en aquellas zonas de probada disidencia política, como lo es San Quintín; en este contexto, se colocó frente a la delegación del INI en Baja California, a un grupo de personajes con antecedentes de trabajo en la Policía Judicial del Estado, y manifiestamente asociados a los sectores más conservadores del PRI. Durante la gestión de estas nuevas autoridades, se transformó radicalmente tanto la coordinación de la radio bilingüe en San Quintín, como su programación, y se llevaron a cabo acciones de investigación y de captación de dirigentes indígenas, todo esto como parte de una estrategia que fortaleciera en general, la posición electoral del partido oficial, y en particular, las posibilidades de ver cumplidas las ambiciones políticas de políticos locales.

Actualmente esta política indigenista ha entrado en un reflujo importante. Por una parte, la disminución considerable de recursos destinados a la atención indígena ha obstaculizado la operación efectiva del INI, y por otra, la ausencia de una orientación clara de esta política, ha sumergido en el desatino a los mismos indigenistas. Aparentemente, las intenciones del gobierno foxista son las de descentralizar las acciones del INI, delegando responsabilidades y presupuesto a los gobiernos estatales; evidentemente, por encima de las apariencias democráticas de esta desfederalización de la política indigenista, se pretende regionalizar los conflictos indígenas, y evitar que uno solo, de carácter local, alcance niveles nacionales como sucedió con el movimiento zapatista en Chiapas; así, bajo esta lógica, lo que se busca es que los desatinos en este rubro sean señalados por los indígenas a sus respectivos gobiernos estatales, y no a las autoridades centrales. Sin embargo, la falta de explicites en las intenciones gubernamentales, ha colocado en la incertidumbre a quienes trabajan directamente en el campo con los grupos indígenas, quienes ignoran el futuro de la política indigenista del gobierno federal, y lo que espero, su propio futuro laboral.

Conclusiones.

No es la intención de este autor, dar la impresión que las sugerencias expresadas por nuestro equipo de trabajo en 1987, trajeron soluciones inmediatas y totales a los problemas de los migrantes indígenas en San Quintín; de hecho, la explotación social en la región aun existe, y de manera aun dramática. Particularmente, los niños aún continúan realizando faenas extenuantes a cambio de los peores salarios; los campamentos aún constituyen el principal medio de control social de las compañías sobre sus trabajadores, y gran parte de estos asentamientos se encuentran en condiciones deplorables de infraestructura (6). Sin embargo, es innegable que después de 1987, tanto el gobierno como la sociedad civil llegaron a ser más conscientes de las condiciones sociales de estos migrantes indígenas, expresión de lo cual fue la aparición de una nueva agencia federal, constituida en 1990 para desarrollar un importante trabajo en la región (7); el impacto de esta agencia, así como el del trabajo posterior del INI y las organizaciones independientes, ha sido en principio positivo para la población migrante. Por su parte, los medios de comunicación empezaron desde entonces a poner más atención a las violaciones de los derechos humanos y laborales de los jornaleros indígenas, por parte de las compañías transnacionales en San Quintín.

El propósito de esta ponencia, ha sido entonces, el mostrar solo una pequeña parte del proceso a través del cual la situación de los migrantes indígenas en San Quintín, ha empezado a cambiar; sin lugar a dudas, este cambio es el resultado tanto de la capacidad de los mismos indígenas para construir sus propias organizaciones “autogestivas”, y readecuar su trabajo a las circunstancias cambiantes del fenómeno migratorio, como de la sensibilidad de algunas instituciones para reorientar sus estrategias de trabajo, y darle una contenido étnico a sus acciones en la región, en atención a las características específicas de la población con que trabajan. La reorientación del trabajo de INI en esos años, permitió transformar el perfil paternalista de algunos de sus programas, y valorar la importancia de la organización de la población indígena. Como lo mencionamos anteriormente, en 1987 nuestro equipo dio cuenta que en San Quintín, la organización laboral de los trabajadores indígenas era el único medio para que ellos mismos transformaran su propia condición; mas aun, nuestro equipo de trabajo tuvo que aceptar con humildad, que nuestro objetivo no consistía en organizar a los indígenas para apoyar la agenda del instituto, sino crear las condiciones para ampliar las organizaciones existentes, y de esta manera, hacer posible que esta población definiera su propias metas y estrategias para alcanzarlas. Es convicción del que suscribe esta ponencia, que la experiencia aquí expuesta es de nodal importancia para la memoria indigenista de México, y en particular para los nuevos promotores y organizadores sociales en San Quintín, quienes tendrán que definir las nuevas estrategias para trascender los nuevos retos de la política indigenista en la región.

Fuentes citadas.

Garduño, Everardo, Efraín García y Patricia Morán 1990 Mixtecos en Baja California. El Caso de San Quintín. Mexicali: Universidad Autónoma de Baja California.

Glick, Nina; Linda Basch and Cristina Blanc-Szanton 1992 Towards a Transnational Perspective on Migration. Race, Class, Ethnicity, and Nationalism Reconsidered; New York: The New York Academy of Sciences.

Kearney, Michael 1996 Reconceptualizing the Peasantry. Anthropology in Global Perspective. Boulder: Westview Press.

S.A.R.H 1985 Secretaria de Agricultura y Recursos Hidráulicos. Programa de Desarrollo Rural, pp.91-93. Mexicali: Sin publicar.

Notas:

(1) El concepto de reterritorialización es sugerido por la antropología transnacionalista, en referencia a aquellas comunidades y culturas que se recrean o reproducen a distancia de su territorio tradicional. Para mayor precisión sobre este concepto véase Michael Kearney (1996), y Glick et al (1992).

(2) La palabra acasillamiento proviene de la categoría de “Peón Acasillado”, en la cual se encontraba gran parte de la fuerza de trabajo en la haciendas en la época que la historia de México registra como el porfiriato (de Porfirio Díaz). El acasillamiento consistía en una especie de cautiverio obligado del peón al interior de la hacienda, a la cual estaba obligado a servir a cambio de un salario reducido. Después de la Revolución Mexicana, dicha práctica laboral fue prohibida constitucionalmente por su esencia discriminatoria y violatoria de los derechos de los trabajadores.

(3) El concepto autogestión es sinónimo de autodirección, por lo que la denominación de grupos autogestivos se refiere a aquellas entidades en las que existe o se promueve un mayor control sobre sus estrategias de desarrollo y acción social.

(4) El corporativismo en México ha sido un mecanismo empleado principalmente (aunque no exclusivamente) por el Partido Revolucionario Institucional (PRI) para ejercer control sobre las organizaciones que aglutina. La característica de este tipo de práctica es que la afiliación al partido no se da de manera individual y voluntaria, sino en grupo y de manera forzada.

(5) Cabe señalar al respecto, que en repetidas ocasiones los patrones promovían la contratación de trabajadores en Oaxaca o incluso en San Quintín, ofreciendo como beneficios adicionales al salario, el servicio medico, de guardería o baños, los cuales eran realmente instalados por el Estado. De esta manera, las compañías favorecidas con estas instalaciones, obtenían una ventaja adicional frente a las demás, en su competencia por fuerza de trabajo. Esta, a nuestro juicio, demostraba una clara participación del Estado en su role subsidiario del proceso de acumulación de capital.

(6) Debemos señalar que por ejemplo, todavía ninguno de los campamentos cuenta con electricidad ni con un sistema de saneamiento ambiental.

(7) Nos referimos al Programa Nacional de Jornaleros Agrícolas.

 

Fuente:

http://www.plazamayor.net/antropologia/boant/articulos/sep0301.html

http://www.plazamayor.net/antropologia/boant/articulos/SEP0302.html

En las calles de Juxtlahuaca también se respira un miedo atroz

Miércoles, mayo 12th, 2010
 
Blanca padilla/Tiempo.
30 de Mayo del 2010.

En  esta cabecera de distrito se respira el miedo en las calles en donde se mira el andar de mujeres triquis vestidas con su indumentaria tradicional. En algunos ciudadanos hay incertidumbre por lo que pueda pasar y en otros coraje, pues consideran que lo que ocurrió en Copala “nada más pone a Juxtlahuaca en vergüenza a los ojos del mundo”

Es jueves, un día de tianguis en Juxtlahuaca. Mujeres triquis han bajado al pueblo a realizar sus compras y algunas a vender sus tejidos. En el panteón del pueblo un grupo de hombres dan tequio para cavar la tumba de uno de sus amigos que se ha ido. “Los triquis sólo dejan en mal a nuestro pueblo, dice resuelto un joven que ayuda en la excavación. Juxtlahuaca es un pueblo tranquilo, un pueblo de tradiciones pero ellos echan a perder”, agrega molesto. Evita dar su nombre, “los triquis son vengativos y no quiero exponerme”, se justifica. 

Se refiere a la muerte de los dos integrantes de la caravana por la paz que fue baleada el martes en La Sabana Copala, comunidad  Triqui ubicada en la entrada de San Juan Copala. “Siempre lo han hecho así”, interviene un señor ya mayor; “se están apoderando de nuestro pueblo. Desde que el presidente municipal dejó que ellos vendieran en el mercado poco apoco se fueron apoderando de él y ahora ni quien los saque”, dice. 

No dijo el nombre del edil, pero probablemente se refiere a Carlos Martínez Villa, presidente municipal del Partido Unidad Popular, quien actualmente contiende por la diputación local; en su lugar quedó el priista  Juan Guzmán Beristaín. 

“Esos no entienden, ni con la policía ni con los soldados, a todos los sacaron de ahí. Ahora culpan al gobierno de lo que pasó, pero lo que no dicen es que el gobierno los mantiene. Ahí los hombres no trabajan, sólo las mujeres. Para ellos han sido los proyectos productivos, granjas de pollos y se comen los pollos, se gastan el dinero y el proyecto hasta ahí queda, agrega el disgustado joven. 

Una religiosa que hace unos 14 años estuvo en San Juan Copala, reconoce: “Si había una especie de granja abandonada entonces y también una procesadora de café que nunca usaban, pero eso no quiere decir que sean flojos; es más visible el trabajo de las mujeres por los tejidos que hacen, pero los hombres trabajan en el campo, aduce la religiosa. Era un pueblo tranquilo; si tenían sus riñas, a veces se mataban con machete, pero no había las armas que ahora tienen y las peleas sólo eran entre hombres jamás habían atacado a una mujer y menos a niños como desde hace algunos años lo vienen haciendo”, precisa. 

“Los únicos beneficiados de toda esta matanza terrible porque es entre hermanos de raza, son líderes. Si ellos fueran unidos, ya serían un pueblo próspero y no se estarían exterminando como lo hacen”, agrega. 

El joven iracundo culpa también a los líderes de la situación: “Son los que llevan y traen a esa gente”, dice. “Como ya salieron, se civilizaron un poco y hasta se dicen licenciados, se aprovechan de los demás”. “Lo mejor es que se conviertan en un municipio autónomo que el gobierno les de sus propios recursos y que dejen de molestar a los juxtlahuaqueños”.

Un materialista de Juxtlahuaca que tampoco quiso dar su nombre, comentó que en realidad los triquis son una región abandonada, fuera de la ley”, aunque también dijo que en su descargo que no se meten con nadie si no se meten con ellos, que él ha llevado material a esas comunidades y nunca ha tenido problemas.  

“Ellos tienen sus propios problemas, que son de toda la vida, la pelea por las tierras fue el origen de todo, se comenzaron a matar y de ahí vinieron las venganzas y ahora el conflicto es por el poder”, resumió. 

“Ellos viven en las tierras más ricas de esta región, ahí se producen productos únicos como el plátano manila, tienen mucha agua y eso genera conflictos que se agravaron cuando el gobierno comenzó a bajar los recursos”, dijo. 

“Lo que hay que hacer para que no ocurran casos como el de martes es dejarlos con sus problemas, ellos si pueden gobernarse solos y es que son muy celosos, y si piensan que alguien se va a meter en sus asuntos se enojan. Cuando vas a lo tuyo no se meten contigo pero si piensan que quieren imponerles algo, se molestan”, puntualizó. 

Cándido Beristaín, ex presidente municipal y ex delegado en la zona triqui, actual director de la casa de la cultura y quien puede considerarse como el cronista de la ciudad, dice por su parte que “estos indígenas son gente noble y trabajadora, poseedores de grandes riquezas naturales y culturales”.

“El gobierno del Estado siempre los ha tenido en gran estima, se les apoya mucho, pero depende más de los líderes, de los delegados, porque desde que San Juan Copala fue bajado de rango de municipio a agencia municipal, han existido delegados y los triquis quieren que esos delegados que envía el gobernador del Estado se integre realmente a su cultura en todos los aspectos”. 

Una indígena recomendó por su parte no ir a esa zona. En su mal español dijo: “Antes yo iba, pero ya no, dicen que mataron antier a unos niños universitarios; yo tengo a mis hijos que estudian en Oaxaca, pero no los dejo que vayan para allá, me da miedo”, comentó. 

 

 Fuente:

http://www.tiempoenlinea.com.mx/

La guerra de castas de los triquis

Viernes, mayo 7th, 2010

Por: Adolfo Sánchez Rebolledo

Hace ya casi 50 años viajábamos José Luis Cerrada, Octavio Falcón, Félix Goded, Carlos Pereyra y yo en un destartalado autobús de la línea Flecha Verde, de Acapulco rumbo a Pinotepa Nacional. El camino era una brecha con varios ríos que vadear a lo largo de la Costa Chica, toda una aventura mecánica cumplida perezosamente en medio de un paisaje humano singular de pueblos de origen africano y, más adentro, dispersas o aisladas, de variadas comunidades mixtecas.

En Pinotepa debía esperarnos Antolín Goded, un antiguo piloto de la República Española, quien después de jugársela en México como fumigador agrícola, había preferido seguir volando entre los valles profundos y las montañas de la Sierra Madre del Sur para un rico cacique, cuarentón, blanco, de ojos azules y aspecto de poeta soñador. Pero Antolín jamás llegó al encuentro. El presidente municipal, un hombre pequeño, pistola al cinto, incapaz de armonizar el lenguaje gestual con las palabras emitidas, nos informó que unas horas antes la avioneta se había estrellado contra la ladera del cerro, en un escarpado paraje próximo a Juxtlahuaca, arrebatada por las corrientes descendentes de aire que, supimos, eran el peligro más temido en esa arisca orografía. No entraré en los detalles de la pesadilla que fue tomando cuerpo mientras atendíamos por telégrafo las urgencias derivadas de la localización y traslado del cuerpo, pero es obvio que las autoridades locales no estaban interesadas en investigación alguna, menos en enviar los restos a la Ciudad de México. Así que el capitán Goded fue enterrado en Juxtlahuaca, en una ceremonia digna a la que, finalmente, sólo uno de nosotros asistió en representación de la familia.

Si traigo a la memoria este lejano episodio es porque esa fue la primera vez que escuché hablar de los triquis, justo en referencia a la zona apartada donde ocurrió el accidente. Se hablaba de ellos como un grupo rebelde y violento que no merecía la consideración de la “gente de razón”. Cabe recordar que en Pinotepa la sociedad de castas aún se alzaba encubierta por la fisonomía de la República, como si la vida colonial se hubiera congelado en ese territorio. Abajo, en el fondo, permanecían los indios, seguidos de los negros traídos como esclavos, los mestizos y, coronando la pirámide, la minoría blanca, criolla, dueña y señora de vidas y haciendas.

La estigmatización como coartada de la violencia ejercida contra los triquis tenía, por lo visto, una larga tradición, como pude comprobarlo poco después leyendo las páginas iluminadoras escritas por Gutierre Tibón en su ya clásico Pinotepa Nacional, en las cuales se da cuenta de esa historia de abusos y resistencia que llega hasta nuestros días.

Baste citar este episodio atroz: “¡Exterminarlos! ¡Hay que exterminarlos! –gritó exasperado el jefe de la zona militar cuando le informaron que los triques habían asesinado en una emboscada al teniente Palos y a dos soldados. La gente de Juxtlahuaca vio por primera vez cruzar su cielo dos aviones militares: los mandaba el gobierno federal para auxiliar a las fuerzas de la expedición punitiva que avanzaba sobre Copala desde Juxtlahuaca y Putla. Fueron ametralladas cuantas chozas de triques se descubrieron en los claros de la selva. No se conoce el número de bajas. Lo que sí se sabe es que los federales encontraron algunos barrios desiertos y prendieron fuego a las chozas, como represalia por la muerte del teniente.”

Era el año 1956, al final de una historia atrozmente real. Incorporados a la guerra de Independencia en pos de sus tierras y el derecho a gobernarse, los triquis vivirán las tensiones creadas por la consolidación de los nuevos cacicazgos que los despojan de sus tierras, los enfrentan entre sí y los dispersan para debilitarlos.

Dicho con las palabras de Francisco López Bárcenas, investigador comprometido con la causa indígena y autor de una historia imprescindible: “… Fue hasta que los triquis protestaron y amenazaron con levantarse en armas cuando aminoraron las agresiones en su contra y se les hicieron ciertas concesiones. El 15 de marzo de 1825 se reconoció a San Andrés Chicahuaxtla la categoría de municipio; un año después, el 6 de mayo de 1826, se hizo lo mismo con San Juan Copala. Pero los triquis no se conformaron con ello y el gobierno ya no cedió, entonces cumplieron sus amenazas. Entre 1832 y 1839 se produce la rebelión encabezada por Hilario Medina, Hilarión, hasta que es capturado y muerto por decapitación”.

Vuelta a la resistencia. “A mediados del siglo pasado –escribe Gutierre Tibón–, los triques se lanzaron a una terrible y estéril aventura bélica para reconquistar su independencia, es decir, para volver a ser los amos en sus tierras y libertarse para siempre de la presión de los blancos y de los mestizos, que hacían su juego. La sublevación estalló en 1843, cuando gobernaba Oaxaca el general José María Malo; ni éste ni su sucesor, el también general José Ibáñez de Corbera, lograron dominar a los insurrectos. La revuelta se volvió una guerra de guerrillas que duró cinco años; con razón se la llama la guerra de castas de los triques”.

A pesar de las derrotas y los despojos, la resistencia triqui jamás se apagó por completo. Sujetos al expolio de los caciques tras la Reforma, arriban al siglo XX muy pobres, debilitados aunque no sumisos. No era todo. Aún les esperaba la modernidad, es decir, la incorporación a la sociedad nacional que prometía rescatarlos de la injusticia.

Gutierre Tibón describe con frescura ese paso que, sin duda, abarca otras aristas: “Hace unos 30 años empezaron a cultivar café en las laderas de sus montes y sus cafetos prosperaron. Ya tenían los triques una producción que les permitía un intercambio más favorable con los mestizos; ya tenían una riqueza. Y esa riqueza fue su perdición. El excelente café de altura, producido en la región de Copala, se trunca, en ínfima parte, en maíz; lo demás va a parar, tarde o temprano, a la bolsa de los mestizos, que han creado la organización más perfecta para que los triques no puedan nunca salir de su terrible círculo vicioso. Les venden armas y parque, fomentan sus rivalidades, les venden alcohol que los enardece e incita a peleas, y cuando hay un hecho de sangre, los extorsionan. De esta suerte, la ganancia del café que los triques cultivan nunca será para ellos. Siempre quedará en poder de sus implacables explotadores”.

Para colmo, el hecho es que en 1948, San Juan Copala pierde su calidad de municipio, de modo que sus comunidades quedan repartidas entre Santiago Juxtlahuaca, Putla de Guerrero y Constancia del Rosario.

Lo que vino después –las obras emprendidas por la Comisión del Balsas dirigida por el general Lázaro Cárdenas, la implantación del Instituto Lingüístico de Verano, la creación de la primeras organizaciones triquis, la puesta en marcha de los programas sociales– creó nuevos contextos, pero la manipulación política caciquil con fines electorales y de control, ejercida a rajatabla por el gobierno oaxaqueño, al final se combinó para crear una situación donde, finalmente, se impuso la ley del más fuerte sobre el interés comunitario, la confrontación como regla.

Hoy como ayer, la campaña del odio, el racismo y el desprecio por la vida tiene como propósito vencer la resistencia de los triquis de Copala, liquidar cualquier vestigio de independencia, de autonomía. ¿Serán necesarios otra vez los aviones militares para vencerlos?¿O bastarán los pequeños ejércitos privados al servicio de gobernantes y caciques para aniquilarlos? Esa es la otra cara de la violencia que nos devora. Mientras, el mundo espera justicia.

A Carlos Monsiváis

Fuente

 http://www.jornada.unam.mx/2010/05/06/index.php?section=politica&article=017a1pol

La migración triqui, las familias pierden sus tradiciones

Jueves, mayo 6th, 2010

Las tradiciones y costumbres de la etnia indígena  triqui han ido desapareciendo debido a que emigran a trabajar a los campos agrícolas del norte del país.

Tan sólo las familias que emigran a Sinaloa para trabajar en la temporada hortícola, muchas veces por las oportunidades y servicios que les brindan durante su estancia en los campos agrícolas se acostumbran al modo de vida de esta región.

Las nuevas generaciones sobre todo son las que mejor se adaptan a las condiciones de vida de cada comunidad, y adoptan las costumbres de sus amigos de escuela y vecinos.

Origen.

Los triquis son una etnia mexicana que nace en los municipios mixtecos de Santiago de Juxtlahuaca, Putla de Guerrero y Tlaxiaco, al Oeste del Estado de Oaxaca.

Es una de las etnias con mayor porcentaje de hablantes, donde cerca del 80 por ciento de los triquis hablan alguna variante de su lengua, siendo los ancianos monolingües.

Sólo el 4 por ciento de los triquis habla español y el 44 por ciento habla triqui u otro dialecto.

Actividades.

Los hombres triquis se dedican principalmente a la agricultura, ya que en su tierra natal se cultiva maíz, frijol, café, calabaza y plátano, también se dedican a la ganadería como la crianza de chivo, vacas y gallinas.

En cuanto a las mujeres a los quehaceres del hogar y a elaborar artesanías, confeccionan ropa para hombre, mujer y niños. Ellas tejen en telar de cintura y horizontal de cuatro estacas y comercializan sus vestidos, camisas, fajas, sombreros y cestos de palma.

Este tipo de tejido también es llamado malacate. En sus tiempos libres tejen huipiles, los cuales venden en los Estados de Oaxaca, Puebla y México.

Las familias triquis profesan la religión católica y la tradicional propia, donde se tienen como deidades principales dioses como la tierra, el sol, etc.

En el país, la etnia triqui se ha extendido a Guadalajara, Hermosillo, Sonora, Ensenada y Distrito Federal.

Migración.

Para la etnia triqui andar como nómadas en los lugares de cultivo de caña, algodón, tomate, pepino, chile ya es tradicional, pues en su región la oportunidad de trabajar es escasa.

También pueden emigrar al extranjero a trabajar como braceros, principalmente en las ciudades como Los Ángeles y San Diego, donde existe una pequeña colonia triqui.

En el Estado de Sinaloa, los triquis se han ubicado en las comunidades de Villa Juárez, donde un total de 80 familias habitan en la colonia 3 de Mayo, la cual fue creada por ellos.

También en los campos agrícolas Beltrán y Verónica en la sindicatura de Villa Ángel Flores La Palma en el municipio de Navolato y en Ceuta en La Cruz de Elota.

Juan López García, líder de los triquis en Navolato, aseguró que son pocos los triquis que habitan permanentemente en Sinaloa, pero en temporada hortícola alta emigran más de 80 familias.

Indicó que en la actualidad, en temporada hortícola sólo llegan a cada comunidad dos camiones con familias triquis, esto debido a que con el paso de los años, en Sinaloa han ido desapareciendo algunos campos agrícolas como Oaxaca, San Luis, Mula, San Luis y El Almito, ubicados en la sindicatura de Villa Juárez.

Aunque en la etnia indígena de los triquis es importante la unidad familiar, pues es una tradición que los hijos se casen a la edad de 13 años y recibir la bendición de los padres, ésta se ha perdido con la migración.

“Recuerdo cuando llegué a Sinaloa a la edad de 12 años, aún no me casaba ni novia tenía, porque a la familia sólo nos importaba trabajar para ganar el pan de cada día”, comentó.

El también presidente del Frente Unificación de Lucha Triqui, Juan López García, explicó que él se casó a los 19 años, pero si hubiese estado en su lugar de origen ya hubiera cumplido la tradición, porque a esa edad en su pueblo es quedarse soltero.

Tradiciones.

Sonia García, joven triqui habitante de Villa Juárez, comenta que desde pequeña se vino a vivir a Sinaloa porque existen más oportunidades de educación aunque sólo ha estudiado la primaria y la preparatoria en esa comunidad.

“Mis papás viven en Rastrojo, pero yo me vine a estudiar la preparatoria a Sinaloa porque tengo más oportunidades para la educación. Soy maestra de Conafe y me gusta enseñar a los hijos de jornaleros agrícolas”, dijo.

Sonia señaló que vivir en Oaxaca es muy bonito, pero las tradiciones no le gustan, ya que ella quiere salir adelante estudiando una carrera profesional y no cargar con una responsabilidad tan grande como es la del matrimonio.

Una de las tradiciones más importantes que celebran es el matrimonio de los hijos a los 13 años de edad, donde el muchacho paga una dote de animales y dinero a los padres y pone todo para la fiesta.

También celebran el día al santo patrono Tatachú-Padre Jesús (Tercer Viernes de Cuaresma), San Juan Bautista, el Día de Muertos, donde se toca el tambor y el violín y se avienta refresco, cerveza o tepache a la tumba del difunto para que lo tome.

En cuanto a comidas preparan pozole, mole, tamales, atoles de frijol, maíz y hongos y agua de sandía.

 

 Fuente:

http://www.debate.com.mx/eldebate/Articulos/ArticuloGeneral.asp?IdArt=6102794&IdCat=6096

La historia del Triqui Fausto López

Jueves, mayo 6th, 2010
 
15 Julio 2004
Texto y fotos: David Bacon.

La historia de una vida -la de un treintañero inmigrante oaxaqueño-  es la historia de la ruta de la migración indígena. El último ejército laboral disponible ha pasado de los fértiles campos del norte mexicano al sur de Estados Unidos, y más allá. Las uvas de los vinos de California se cosechan gracias a ellos, que viven en la economía más rica del planeta en casuchas de bambú y plástico.

Habla Fausto López:

Soy natural de Yosoyuxi Copala (Oaxaca), donde nací el 27 de septiembre de 1973. Mi padre es de Lázaro Cárdenas Copala, pero fue a Yosoyuxi y ahí se casó con mi madre. Ahí crecí. Mi padre sembraba maíz.

En 1987, cuando dejé mi pueblo, había como 500 habitantes. El último año en que lo visité, en 1998, había muchas mejoras-nuevas casas y más desarrollo. Entre un tercio y la mitad de la población del pueblo migra a otros lugares a trabajar. Van a la capital de Oaxaca, a la ciudad de México, Sinaloa, Sonora y Baja California. Algunos trabajan y se regresan a sus hogares, y otros se quedan y nunca regresan, a menos que sea de visita.

Dejé mi hogar tras completar el sexto grado en 1987. Estuve en Sinaloa durante un año, pero luego regresé a mi pueblo natal. Luego, en 1990, fui a Ensenada, Baja California, y ahí trabajé con mi primo Camilo. Me quedé ahí durante 10 años, primero recogiendo jitomates. Después de que mi familia se me unió, vivimos en un rancho, y cosechamos calabaza, y luego col, lechuga, melón y maíz. Vivimos ahí como un año y medio. Debido a que la cosecha se incrementó drásticamente, me nombraron contratista y luego supervisor del Departamento de Empaque. Luego trabajé en la oficina.

Dejé el empleo porque no me alcanzaba el salario para mantener a mi familia, y para ahorrar dinero para comprar tierra para construir una casa en mi pueblo natal. Tener dinero para un hogar no significa nomás construirla. Se requiere de mucho más dinero para los servicios públicos y otras necesidades de la familia. Lo que me pagaban no alcanzaba para la ropa y los gastos médicos. Encontrar vivienda se volvió cada vez más difícil, ya que muchos triquis estaban llegando para hacer el trabajo, y no había vivienda para ellos. Tanta gente llegó que crearon una nueva comunidad y la llamaron Nuevo San Juan Copala, por la región de donde venimos en Oaxaca.

Antes de entrar a la escuela, toda mi familia hablaba triqui y muy poco español. Fue hasta que comencé a ir a la escuela que me presentaron el español. Había maestros que hablaban triqui, y ellos comenzaron a enseñarnos en nuestro idioma. Luego empezaron a hablar español con nosotros. Aprendí matemáticas y otras cosas en español, pero no entendía lo que estaba diciendo. Cuando dejé mi pueblo y llegué a Baja California, comencé a hablar con otros trabajadores-mixtecos, zapotecos y otros que hablaban español. Como no hablábamos la misma lengua, hablábamos en español para comunicarnos, y así fue como aprendí de verdad. Conocí a otra gente de Durango y Zacatecas y otros estados que también hablaban sólo español. Me pareció sencillo porque practicaba a diario.

Mi esposa es de Paso de Aguila, otro pueblo triqui. Los dos estamos muy preocupados por preservar nuestra cultura. A pesar de que les enseñamos a nuestros hijos español, porque lo necesitan para funcionar en el mundo, les enseñamos triqui. Las cosas están cambiando tanto que los niños ahora aprenden español más chicos. Tienen libros y periódicos en español, así como tele, radio y música. Toda la cultura que los rodea es en español. Cuando era joven no fue lo mismo para mí, porque nunca viajé fuera de nuestro pequeño pueblo, así que no aprendí español hasta que estaba mucho más grande.

Llegué a Estados Unidos porque no estaba ganando lo suficiente para mantener a mi familia. Tenía primos que emigraban a Estados Unidos y me llamaron y me preguntaron que si quería unírmeles. En 1999, mi padre, José Benito, y yo finalmente fuimos a Estados Unidos. Siempre he cruzado con coyotes, pero sólo cruzo con los que conozco desde hace mucho tiempo. En 1999 me costó 600 dólares cruzar. Hoy tengo que pagar 800 dólares. Afortunadamente no hay que caminar demasiado -sólo un día. La primera vez que vine al norte tuvimos que caminar dos días, a través de Nogales, Arizona, en enero. Hacía mucho frío.

La primera vez que vine al condado de Sonoma sólo me quedé un mes. Luego nos fuimos a Florida y trabajé ahí cuatro meses, después regresé a México. Pero pronto volvimos a Estados Unidos, debido a la presión económica tan grande. Desde entonces me quedé en el condado de Sonoma.

La primera vez que inmigré a Estados Unidos, dejé a mi esposa y mis hijos en Baja California. Durante un tiempo tenía la esperanza de que pudieran venir también, pero luego me dí cuenta de que las condiciones en las que vivíamos no eran buenas para ellos. Después de mi primer año trabajando aquí, los envié de regreso a Oaxaca. Quiero que los hijos aprendan triqui, tanto el idioma como la cultura. Aquí en California no podrían hacerlo. En Baja California hay algunas escuelas y maestros bilingües en comunidades migrantes, así que durante un tiempo mis niños aprendieron triqui a través de libros. Pero no es lo mismo que estar en un ambiente como Oaxaca. Es importante que los hijos aprendan español también, pero tenemos que mantener nuestras tradiciones, y tengo miedo de que las estemos perdiendo. He hablado con padres zapotecos y mixtecos y todos sienten el mismo miedo.

De todos modos no me gusta estar alejado de mi familia tanto tiempo. Pero es necesario. No tenemos otra manera de sobrevivir, porque no hay empleo en casa. La gente que conozco aquí en Sonoma son todos inmigrantes, y ninguno de nosotros tiene dinero ni casa. Ese es el sueño que nos inspira a venir y trabajar en el norte. Hemos tenido a gente muy joven, adolescente, que vive con nosotros. Me pone triste porque son tan jóvenes y no deberían de estar aquí. Deberían de estar en la escuela.

Pero vienen por la misma razón que el resto de nosotros, y es hasta más difícil para ellos. No es fácil cuando eres joven encontrar un empleador que te pague ocho dólares la hora.

Cuando llegamos no teníamos ni un techo bajo el cual dormir, así que construimos pequeños cobertizos con materiales que tenemos al alcance. Usamos técnicas para construir casas temporales, como lo hicieron nuestros tatarabuelos en México. Tras hacer una estructura con bambú, en Oaxaca usaban grandes hojas para hacer el techo. Nosotros usamos grandes pedazos de plástico. Pero en realidad es lo mismo.

Todos los que vivimos aquí somos triquis de Copala, Oaxaca. En 1999 sólo había dos familias viviendo en esta pequeña comunidad, y una de esas familias ha estado aquí desde el comienzo. Ahorita somos 10, y durante ciertos periódos del año, cuando hay más trabajo, llega más gente. Todos ahorramos dinero al vivir aquí, ya que no tenemos que pagar renta. Así tenemos más dinero para enviar a casa.

La mayoría de nosotros trabaja en la cosecha de la uva. Nunca hemos tenido problemas con la gente local. Hace muchos años hubo un incendio cerca de nuestra comunidad. Como estábamos aquí, lo vimos primero y ayudamos a apagarlo. Cuando el alguacil y los bomberos llegaron, lo terminaron de apagar. Pero dos días después, los alguaciles regresaron y desalojaron a las 30 personas que vivían aquí. Pero después volvimos.

Nos relajamos y jugamos deporte juntos. Hablamos sobre cómo compartir el trabajo que implica mantener nuestra comunidad. Nunca hemos tenido discusiones serias. Aunque compartimos algo del trabajo, cada quien cocina para sí mismo. Me inscribí en dos clases de inglés en la escuela para adultos, pero fue muy difícil continuar. Nuestra jornada es tan larga que no tengo casi tiempo para ir a clases.

Lorenzo [un trabajador comunitario de California Rural Legal Assistance] nos ayuda, él nos orienta cuando tenemos problemas. Una de las cosas más importantes es aprender sobre nuestros derechos laborales. Siempre trabajamos por hora en la época de siembra, y durante la cosecha trabajamos a destajo. Ganamos nueve dólares la hora si tenemos que viajar una distancia larga para llegar al campo de cultivo. Si no es tan lejos nos pagan ocho dólares.

Lorenzo comenzó a hablarnos de organizarnos y nos dijo cómo comunicarnos con nuestros supervisores. El pertenece al Frente Indígena Oaxaqueño Binacional (FIOB), que nos ayuda mucho con el trabajo o con las destrezas de la vida. Creo que es una organización maravillosa. Me uní al FIOB porque Lorenzo también es de Oaxaca y habla mi idioma natal. La junta de directores me eligió como representante. Desde entonces he viajado a muchas partes del estado. Estoy aprendiendo mucho.

Necesitamos que otras comunidades nos apoyen. Muchos de nosotros no conocemos nuestros derechos, necesitamos conocerlos. Trabajamos por la amnistía para los inmigrantes, la cual creo que es necesaria porque hay tantos de nosotros que cruzan la frontera ilegalmente y que mueren en el proceso. Haría la vida mejor para todos nosotros.

Yo vivo aquí, lejos de mi familia, para que puedan tener una mejor vida. Quiero que mis hijos vayan a la escuela y darles un hogar. De chico nunca tuve un verdadero hogar, así que estoy haciendo todo esto por ellos, por mi familia.

Otros campesinos que como Fausto viven debajo de los árboles en pleno país más rico del mundo

 

Fuente:

http://fiob.org/636

Orgullo triqui en el Valle de Salinas

Miércoles, mayo 5th, 2010

El idioma triqui es como una canción melodiosa y suavecita. La pronunciación de las palabras incluye sonidos guturales ligeros, con pausas alegres y con una variedad de tonos que arrullan. Y es este arrullo el que desde hace casi una década, cubre el verde valle de Greenfield.

Cada mañana en este poblado, la familia de Victoria inicia su rutina. Su esposo, Miguel, trabaja en el cultivo del chícharo; seis de sus ocho hijos se van a la escuela y ella se queda cuidando a los más pequeños. Victoria casi no sale. No sabe hablar inglés ni español, así que su comunicación se limita a los que son de su pueblo y también están acá; lo bueno, es que no son pocos.

La Ciudad de Greenfield cuenta con una población de 17,300 habitantes, de los cuales cerca del 90% son hispanos; algunas estimaciones apuntan a hasta 10 mil de ellos podrían ser inmigrantes indígenas de la etnia triqui. Agapito Vázquez, Concejal de la Ciudad, asegura que son dos mil las familias triquis que residen en este poblado; de acuerdo con cifras del censo, hay un promedio de cinco personas por familia.

La comunidad triqui es originaria de la Región Triqui del Estado de Oaxaca. Conocido como uno de los grupos más fuertes en términos de resistencia cultural, en los años recientes el pueblo triqui ha sido protagonista de violentas confrontaciones con el gobierno del Estado y de represión por parte de grupos paramilitares presuntamente financiados por el propio gobierno.

La escalada de violencia en las comunidades y el abandono del campo por parte del gobierno mexicano, han sido el detonador para la migración triqui. Este pueblo ha encontrado un refugio en el corazón del Valle de Salinas, California, conocido como “la ensaladera” del país, donde los campos son sembrados y cosechados por manos de indígenas oaxaqueños.

La mayoría de estos migrantes ha llegado en la última década. Victoria y su marido llegaron hace seis años y poco a poco fueron trayendo a los cinco hijos que ya tenían; aquí nacieron los tres más pequeños.

Con una sonrisa amplia Victoria abre la puerta de su casa y al entrar, el choque cultural que vive su familia cada día salta a la vista. En la estancia sobresale un televisor y un aparato reproductor de video, pero no hay muebles. En cambio, en la pared hay una serie de clavos de los cuales cuelgan bolsas de plástico con algunas de sus pertenencias; tal como las acomodaba cuando vivía en la casita de tablas de madera que dejó en su pueblo.

Con la ayuda de una intérprete empieza a contar su historia: tiene 36 años y cuando vivía en México no tenía dinero; por eso decidió venir a California.

“En México es más difícil. A estas horas tendría que estar poniendo el maíz y hacer la masa; aquí compro las tortillas ya hechas”, dice riendo. “Aquí el doctor revisa a tus niños y si no tienes dinero, te ayudan con su comida”.

Eso no significa que las cosas hay sido fáciles. Cuando llegó trabajó en los campos de lechuga: casi nueve horas al día agachada, con dolor de cintura. Ahora no porque cuida a los niños, pero para ayudar a su esposo teje bolsas en su telar de cintura: lo amarra a un árbol en la parte trasera de su jardín, justo bajo la antena de televisión satelital, y ahí empieza a trabajar.

Estela Ramírez es la intérprete de Victoria y conoce de cerca a muchas de las familias migrantes en Greenfield. Al llegar a una casa, con toda confianza toma un huipil tradicional triqui y, tan pronto se lo pone, cambia toda su expresión: se para derechita, levanta el mentón y modela con orgullo.

Estela tiene 20 años y llegó hace dos a esta ciudad proveniente de Oaxaca. Aunque al principio trabajó en el campo, su dominio del triqui y el español ha sido una herramienta para convertirse en intérprete del Centro Binacional para el Desarrollo del Indígena Oaxaqueño (CBDIO). Ahí explica a las mujeres cuáles son los servicios que proporciona el gobierno local en materia de salud, de apoyo para los niños, y les ayuda a comunicarse durante sus visitas al médico o ante las autoridades.

Esta es tal vez la parte más difícil. Aunque las agencias de gobierno proporcionan materiales informativos en español, esto no sirve a quienes sólo hablan triqui y además no saben leer. Es entonces cuando llegan los problemas: una práctica que forma parte del régimen de usos y costumbres en Oaxaca, en California puede ser un delito.

“Nosotros hacemos todo lo posible por ‘correr la voz’ sobre las diferencias legales entre México y California. Toma tiempo decir ‘estas son nuestras reglas, aquí no puedes golpear a tu mujer’, explica Joe Grebmeier, jefe del Departamento de Policía de Greenfield, quien desde hace cinco años organiza reuniones informativas una vez al mes para atender los asuntos que preocupan a la comunidad.

“A pesar de ello sentimos que no hemos hecho lo suficiente”, agrega. “Nuestros agentes reciben capacitación sobre cultura de los inmigrantes oaxaqueños, y algunos de ellos hablan español, pero ninguno habla triqui. A veces tenemos un espacio en Radio Bilingüe; damos una presentación en español, pero para la traducción dependemos de los voluntarios”.

Mientras los indígenas hablan en su idioma, intercalan algunas palabras en español: computadora, televisión, abogado; son palabras para las cuales no hay un equivalente en triqui. Tampoco lo hay para la palabra “discriminación”.

Pero a pesar de la carga cultural, esta generación, la que trabaja los campos y teje en telar, empieza a dar paso a una nueva, formada por los hijos que llegaron pequeños, que hoy van a la escuela y que aspiran a ser maestros, médicos e intérpretes para ayudar a una comunidad en la cual más del 20% de los habitantes aún vive por debajo del nivel de pobreza.

Los migrantes monolingües se apoyan en sus hijos para incorporarse a la vida estadounidense; ellos les leen, les traducen, los acompañan al doctor y llenan sus documentos. Y mientras el arrullo musical del idioma triqui resuena entre los campos, una nueva generación indígena transforma la vida en el valle y combina sus propios valores con los del país que los está viendo crecer. 

           

La señora Victoria tejiendo un huipil en Greenfield, California, EUA_02 de Febrero del 2009

 

 

Fuente:

http://eileentruax.wordpress.com/2009/02/02/orgullo-triqui-en-el-valle-de-salinas/

 

Migración, violencia y cambio cultural: los triquis en el Valle de Salinas

Miércoles, mayo 5th, 2010
Ma. Dolores París*
Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco, México.
*Profesora investigadora de la UAM-Xochimilco.
Investigadora invitada de la Universidad de California en Santa Cruz.
Correo electrónico: mdparis@cueyatl.uam.mx
Agosto 2003.

Resumen

A diferencia de otros pueblos indígenas de Oaxaca como los mixtecos o los zapotecos que tienen una larga tradición migratoria en Estados Unidos, la migración de los triquis puede considerarse como un nuevo grupo migratorio. Por ejemplo, la mayoría de las familias asentadas en el Valle de Salinas, situado en la costa central de California, llegaron hace menos de cinco años. En otros lugares, como en los valles centrales o en las ciudades del sur (San Diego y Los Ángeles) vivían unos pocos hombres triquis hacia los años ochenta. Algunos de esos contados pioneros lograron regularizar su situación migratoria a fines de esa misma década; muchos hombres y la enorme mayoría de las mujeres triquis que viven en California son indocumentados.

En la actualidad, existe un número importante de indígenas de esta etnia en toda la costa occidental de Estados Unidos, en particular en el Estado de Oregon y en el norte y centro de California. Muchos se emplean temporalmente en los campos de verduras y frutas. Si bien la mayoría de los trabajadores temporales son hombres, hay una tendencia clara al aumento del número de mujeres: después de realizar el viaje hacia el Norte en dos o tres ocasiones, los trabajadores se arriesgan a llevar a su esposa y a algunos de sus hijos. Muchas veces la familia queda separada durante meses o años por el proceso migratorio, pues algunos de los hijos se quedan esperando en México con sus abuelos a que los padres ahorren el dinero suficiente para ir a buscarlos.

En el Valle de Salinas, una de las regiones agrícolas más ricas de California, viven cerca de 500 triquis. La mayoría están asentados en la pequeña ciudad de Greenfield, de 13,000 habitantes casi totalmente de origen mexicano. Hoy día, indígenas mixtecos y triquis representan también una proporción considerable de la población.

Entre los triquis, los varones constituyen aproximadamente dos terceras partes de los migrantes, y durante la temporada agrícola llegan a representar el 80 por ciento. Las mujeres tienden a establecerse y a no regresar a México, sólo en casos extremos (como la muerte de algún familiar cercano) debido a que el cruce de la frontera es caro, difícil y peligroso.

Los hombres, en cambio, regresan con frecuencia durante el invierno a Oaxaca para vigilar sus tierras, atender asuntos familiares o comunitarios, o bien, para llevar a otros hijos y familiares hacia el Norte. Muchos jóvenes triquis encuentran empleos en el Valle de Salinas durante la temporada de primavera y verano, y el resto del año trabajan en el sur de California o en Arizona. La mayoría de estos trabajadores “golondrina” son menores de edad, algunos apenas van entrando a la adolescencia.

Probablemente la mayor movilidad de los varones indígenas explica por qué los números que arrojan el Consejo Nacional de Población (Conapo) y la Encuesta de Migración en la Frontera Norte de México (EMIF) nos hablan de un elevado índice de masculinidad: en efecto, de acuerdo con esas cifras, 94.6 por ciento de los indígenas mexicanos que cruzan la frontera son hombres, y sólo 5.4 por ciento mujeres.1 Sin embargo, al observar la población asentada en California, es evidente un índice mucho más bajo de masculinidad.

Los indígenas triquis que viven en el Valle de Salinas son originarios de la región triqui baja, situada en Oaxaca. Las causas principales de su migración son la caída de los precios del café, los conflictos relacionados con la tenencia de la tierra y la violencia política.

Muchos de los migrantes tienen tierras en su comunidad de origen y sembraban maíz, frijol y calabacitas para el autoconsumo. La fuente principal de ingresos, antes de la migración, era la venta del café y del plátano. Don José, quien acaba de llegar a Greenfield para reunirse con sus dos hijas, sus nietos y bisnietos, asegura que la razón principal de que tantos hombres de su comunidad dejen abandonadas las tierras para emprender el camino hacia el Norte es el poquito dinero que da el rico por el café: sólo un comerciante compra el producto de todos los cafeticultores de su comunidad. El año pasado, fueron apenas dos pesos por kilogramo lo que pagó el comprador y rechazó buena parte del producto.

“Hace años —dice Don José— el rico nos compraba a seis o siete pesos el kilogramo y nos llevaba regalos como palas o cervezas. Ahora muchos campesinoshan dejado de sembrar porque no rinde.”

Dice también Andrés, originario de la misma comunidad: “La mayoría sale para acá porque no tiene otra entrada de trabajo. Vivimos en el cerro. En aquellos tiempos en el ochenta todavía había café pos se podía mantenerse con café. Pero el café ya se acabó. Lo único que se sostiene poquito son los plátanos. Hay terreno fértil, otros no, no tiene capacidad, es puro cerro que no se puede cultivar. La gente se tira a salir. Viene y así como viene temporalmente se regresa para allá. Tiene allá a sus chamacos en la escuela, a sus esposas cuidando la casa”.2

Los problemas económicos ligados a la pérdida de una cosecha, al bajo precio del café o de los plátanos, son mencionados constantemente como las causas directas de la migración. Para Oralia y Eleazar, la salida de Río Venado se debió a que un parásito entró a los campos y acabó con la cosecha.

A la situación de pobreza se suma casi siempre la violencia en la comunidad de origen que no sólo obliga a familias enteras a salir de la región, sino que en casos extremos impide el retorno. María, quien vive en Greenfield con sus hijos y nietos, recuerda que lo que los forzó a dejar su comunidad el año pasado para venir a California, más allá de la pobreza, fue la quema de los campos que sembraba su esposo. Para casi todos los triquis, la violencia es una referencia constante de la migración.

Como en toda la Sierra Mixteca, una fuente de conflictos es el problema de los límites de tierras, causa de centenares de muertes y enfrentamientos entre comunidades.

Los enfrentamientos y asesinatos son motivados también por disputas familiares, borracheras y envidias:

Un día empezaron a matar. Creo que fue por una borrachera o algo así. Me dio mucho miedo y le dije a mi esposo: “No me gustó aquí porque matan. Todo esto van a aprender mis hijos y no quiero que lo aprendan porque muchos familiares míos ya han muerto así, no quiero que mis hijos vayan a pasar por esto” Fue cuando me salí de ahí. Fui a Paso del Águila y mi esposo se fue a arreglar el asunto a Llano Nopal. Acarreamos todas las cosas con la yegua. Todo eso pasó en el mes de enero de 1999. Mataron a mi vecino el 4 de enero, era todavía de día. Lo mataron a las dos o tres de la tarde. (…) Cuando pasó todo eso decidí venirme al Norte. Le dije a mi esposo: “Mejor nos vamos al Norte y dejamos a los niños con mi mamá”.3 Hay que señalar además que existe en la región triqui una alta conflictividad política y violaciones generalizadas a los derechos humanos. La cara más evidente de este tipo de violencia es la represión y el asesinato de muchos triquis. Muchos triquis que viven en Greenfield tuvieron una experiencia de organización y participación política, también han perdido a seres queridos debido a la represión y al poder arbitrario de los caciques.4

Los triquis que emigran a California tienen generalmente experiencias migratorias previas hacia el norte de México, en particular hacia Culiacán, Sinaloa; Hermosillo, Sonora y Ensenada, Baja California.

Los indígenas de la región triqui baja comenzaron a irse hacia los campos agrícolas de Sinaloa en los años setenta. Estos flujos migratorios se incrementaron considerablemente durante los ochenta debido al aumento de la violencia política y la inseguridad agraria. Fue también durante esa década cuando la migración hacia el norte de México se hizo permanente: los jornaleros agrícolas buscaban empleo en Sinaloa durante el invierno y el resto del año en Baja California.

En la actualidad, el censo de población indica que cerca de cinco mil triquis viven en esos tres Estados del norte.5

En Sinaloa y Baja California, niñas y niños triquis empiezan a trabajar en los campos desde muy temprana edad y abandonan la escuela para contribuir al ingreso familiar. A los seis o siete años, los menores laboran jornadas de ocho a diez horas para recibir menos de la mitad de un salario mínimo. Todos los miembros de la familia se incorporan al trabajo agrícola para alcanzar niveles de subsistencia. Los salarios son muy bajos y las condiciones de vida precarias; el trabajo suele ser a destajo y los ingresos oscilan entre los 300 y los 500 pesos semanales.

Hace una decena de años algunos triquis empezaron a arriesgar el cruce hacia Estados Unidos. La gran diferencia salarial entre ambos lados de la frontera fue la causa fundamental de la migración hacia California. Con un salario mínimo de 6.75 dólares por hora, los trabajadores triquis llegan a cobrar hasta diez veces más lo que percibían en el noroeste de México. La posibilidad de ganar más en poco tiempo, y así poder regresar a sus comunidades con un pequeño capital, motivó que grupos muy numerosos de triquis viajaran más rápidamente al Norte para buscar trabajo en los campos californianos.

Actualmente, las redes migratorias formadas a través de relaciones de parentesco se extienden de Oaxaca a Ensenada (Baja California) hacia El Altar (Sonora) y de ahí hacia Phoenix (Arizona). De este último punto los migrantes se dispersan fundamentalmente hacia las grandes regiones agrícolas de California y de Oregon, por un lado, o bien, hacia las ciudades de Los Ángeles, Atlanta y Nueva York.

La estructura fundamental de la migración es la familia extensa. Los triquis no viajan nunca solos sino que cruzan la frontera en grupos de siete a quince personas, acompañados de un “coyote” que muchas veces es tío, primo o compadre y casi siempre pertenece a la comunidad. El viaje suele ser largo y peligroso: atraviesan una parte del desierto a pie, cargando a los niños pequeños, así como cantidades mínimas de comida y agua para el camino: Agua y tortilla, totopos.

“Los llevaba en una bolsa mi esposo y cuando subimos el cerro me ayudaba con el niño y yo cargaba la bolsa. La primera noche en una barranca dormimos. Ahí nomás estuvimos escondiditos porque hay moscas y pasa la migra con luz, pero gracias a Dios que no agarró a nosotros. La segunda noche caminamos toda la noche y descansamos cuando llegamos a la casa del indio. En el desierto cuando se acaba el agua toma uno el agua que hay ahí para que tomen los caballos. Pone uno el pañuelo y echa uno de un jalón y ya pasa el agua limpia. El bebé se enfermó pero por la gripa, por tos y calentura. Hacía frío en la noche. Llevábamos chamarras y una cobija que envolví a mi hijo pero como tenía siete meses nomás”.6

En alguna barranca o casa de seguridad, los recoge un “raitero” que los lleva a Phoenix. Allí, es algún miembro de la comunidad triqui el que los conduce en camioneta hacia su destino donde se alojan en casa de familiares. Para conseguir el primer empleo, cuentan también con el apoyo de las redes de parentesco. Es algún familiar ya asentado en Greenfield el que los “lleva” con el mayordomo para completar las cuadrillas, muchas de las cuales están formadas exclusivamente por mixtecos y triquis.

Las condiciones de trabajo en los campos de uvas y verduras han ido deteriorándose a lo largo de los últimos años. Debido a que la Unión Campesina ha ido perdiendo poder y capacidad de negociación, y como la mayoría de los trabajadores agrícolas indocumentados desconocen las leyes laborales o están temerosos de defender sus derechos, los contratistas cometen numerosos abusos. Es frecuente también que los mayordomos utilicen un lenguaje agresivo y racista para intimidar al trabajador, eludir el pago de horas o despedirlo sin razón:

“A veces trabaja uno diez horas y pagan nueve. Hay muchos abusos. A veces, no todos nosotros tenemos la misma capacidad para apurarnos o aprender el trabajo. Entonces, el mayordomo te trata de lo peor:  ¡Para eso quieres venir al Norte! ¿Pa’qué vienes al Norte si no sabes ni trabajar? ¡Para qué dices que le sabes si no sabes nada!’ Le digo a Juan Manuel (representante de la Unión Campesina “Cesar Chávez”) que es muy bueno que haya un sindicato que defienda a la gente. Unos entienden eso pero otros no. No quieren venir porque no saben explicar su problema que tienen. A unos los corren sin razón y no saben donde ir. Otros no reciben su sueldo como es. En los campos corremos mucho peligro. La uva está llena de polvo de herbicida. Uno anda con todo el polvo que se mete a la nariz y molesta. El año pasado no pagaron a varias gentes y no pagaban sus horas y el tiempo que estuvieron allí. Son tres o cuatro los que protestaron pero los demás ¿dónde están? Luego prefieren perder ese dinero y mejor seguir trabajando. Dicen que no tienen tiempo”.7

El acoso sexual hacia las trabajadoras agrícolas triquis es frecuente, y muchas veces tienen connotaciones racistas. Por ejemplo, cuenta Rosario cómo un mayordomo llamado Luis, molesta y se burla de las mujeres triquis que no hablan español:

“A Teresa, Luis le decía cosas todos los días como que se la iba a llevar y a cogerla, le decía muchas groserías. Le dijo una vez que si se iba con él en la tarde, le seguiría dando mucho trabajo. Ella no entendía nada entonces le decía que “sí”. Yo terminé por decirle que más le valía cuidarse porque si se enteraba su esposo le iba a pegar. A Luis le advertí “Si sigues diciéndole eso, lo va a saber su esposo y te va a clavar un cuchillo. ¡Te la estás buscando!”8

Las mujeres triquis trabajan jornadas de ocho a diez horas en los campos de verduras, cortando y empacando lechuga, brócoli, chícharo, espárragos, o bien, en las tareas de limpia y pizca de la uva.

Cuando tienen niños pequeños, nacidos en México, los dejan encargados durante la jornada laboral con otras mujeres triquis o mexicanas pagando una cantidad diaria de 10 dólares por niño. Pero si sus hijos nacen en Estados Unidos dejan a veces de trabajar en los campos y reciben el apoyo de algunos programas de beneficencia y seguridad social.

Debido a que la mayoría de las mujeres cruza la frontera para acompañar o reunirse con su esposo o sus hijos, las migrantes triquis de más de quince años son raramente solteras. La edad del primer matrimonio suele ser de los 12 a los 16 años. Las mujeres jóvenes tienen tan poco poder en su hogar como en la comunidad. En la casa, están casi siempre sometidas a los deseos u órdenes de los suegros y del esposo, raramente participan en las decisiones que afectan la vida familiar. Muchas de ellas se quejan de haber venido al Norte contra su voluntad. La violencia doméstica es un problema generalizado a pesar del hacinamiento y de la falta de privacidad de las parejas. Es común que los golpes contra la mujer sean resultado de borracheras.

El proceso de asentamiento de los triquis en el Valle de Salinas provoca cambios culturales tanto en las formas de integración de la comunidad como en las relaciones de género. Los espacios abiertos de convivencia son pocos y están casi siempre cercados por una multitud de reglas y leyes difícilmente entendibles para los nuevos inmigrantes indígenas. Así, los hombres triquis suelen reunirse para tomar cerveza y convivir en las afueras de un billar que se encuentra en la calle principal del pueblo. Muchos de ellos han recibido en varias ocasiones multas por consumir alcohol en la calle o por andar borrachos. Otros son detenidos cuando conducen de regreso a su casa. Son varios los triquis que se encuentran actualmente en la cárcel de Salinas por no pagar las multas o por conducir sin papeles y bajo la influencia del alcohol. La represión contra el consumo de alcohol afecta no sólo un elemento de la identidad masculina, sino también una forma importante de integración sociocultural.

Por su parte, las mujeres triquis aprenden pronto que en California tienen oportunidades más claras de defender sus derechos. En casos extremos de violencia doméstica, han llegado a denunciar a sus esposos a la policía,9 quienes han recibido sanciones que van desde una reprimenda, hasta la cárcel. Durante el embarazo, las mujeres suelen recibir información y consejos de trabajadoras sociales y enfermeras en los programas “prenatales” de las clínicas locales. Esto las lleva a revalorar su condición y, en ocasiones, a tratar de modificar su papel en la unidad familiar.

Finalmente, varias mujeres han empezado a buscar otros medios de subsistencia en la confección y venta de tejidos. Para ello, se reúnen, se organizan y discuten. Aprovechan sobre todo la posibilidad de encontrar un espacio común para exponer sus preocupaciones y sus esperanzas.

Notas

1 Estimaciones de CONAPO con base en la STyPS, CONAPO, INM y el COLEF, Encuesta sobre Migración en la Frontera Norte de México (EMIF), 1998-1999, 1999-2000 y 2000-2001.

2 Entrevista con Andrés, Greenfield, California, 10 de diciembre de 2002.

3 Entrevista con Martha, Greenfield, California, 6 de diciembre de 2002.

4 Entrevista con Oralia, Greenfield, California, 10 de enero de 2003.

5 El Censo informa de 3439 hablantes de lengua triqui en Sinaloa, 676 en Sonora y 883 en Baja California. En total, sumarían 4,997 individuos hablantes de lengua triqui. Sin embargo, debido a que la encuesta para el Censo se realiza durante el mes de febrero, es decir, en temporada agrícola baja, es probable que las cifras para Baja California lleguen a ser mucho más elevadas en otras épocas del año. INEGI, XII Censo General de Población y Vivienda, 2000 e INI, Dirección de Investigación y Promoción Cultural, IBAI, Base de localidades y comunidades indígenas, 2002.

6 Entrevista con Oralia, Greenfield, California, 10 de enero del 2003.

7 Entrevista con Andrés, Greenfield, California, 10 de diciembre de 2002.

8 Entrevista con Rosario, Greenfield, California, 19 de enero 2003.

9 Se han presentado al menos tres denuncias de este tipo en los poblados de Greenfield y King City.

 

Mujeres de Copala_Greenfield, California, EUA

 

 

Fuente:

http://redalyc.uaemex.mx/redalyc/pdf/340/34003708.pdf

Migración y cambio. El Índice de Desarrollo Social en los Triquis asentados en la Costa de Hermosillo, Sonora, México.

Martes, mayo 4th, 2010

1Gabriela González Barragán y 2Rosario Román Pérez

México se caracteriza por un desarrollo desigual que requiere ser estudiado a fin de orientar los criterios y toma de decisiones al diseñar políticas públicas y programas de intervención. Las diferencias pueden ser regionales y son observables a través del ingreso, el tipo de alimentación o las capacidades de sus grupos sociales. La medición de tales desigualdades puede hacerse desde diferentes perspectivas, sin dejar de considerar que la pobreza −como un hecho social− es compleja, dinámica y objetiva al expresarse en grupos de población concretos, con características propias. Pese a ello, existe acuerdo con respecto a que la población indígena de nuestro país es la más empobrecida y que las mujeres son las más afectadas.

Una estrategia de sobrevivencia de la población indígena es la migración, definida como el cambio de residencia temporal o permanente de un sujeto o grupo social (Corona, 1999). Generalmente se observan movimientos migratorios entre regiones clasificadas como de bajo desarrollo y alta densidad de población, a otras de alto desarrollo y menor índice de población. Actualmente, en nuestro país existen rutas migratorias muy definidas en las que los destinos son principalmente los estados fronterizos de la Unión Americana.

Si bien el fenómeno migratorio siempre ha sido de interés, éste se ha incrementado a raíz de los sucesos del 11 de septiembre en la Ciudad de Nueva York. Las migraciones se convirtieron así en asuntos de seguridad nacional, de derechos humanos, de desarrollo económico y de transformación social y psicológica. No así para los propios migrantes que dejan sus hogares de origen con la idea de mejorar su calidad de vida. Pero, ¿hasta dónde la migración cumple con esta expectativa? es una pregunta a la cual buscó dar respuesta el presente trabajo. Para ello presentaremos el caso de los migrantes “Triquis” asentados en el Poblado Miguel Alemán, en lo que se conoce como la Costa de Hermosillo, en Sonora, México.

El Estado de Oaxaca es uno de los Estados mexicanos que mayor número de migrantes aporta con aproximadamente el 27% del total ya que, generalmente, migran en grupos familiares. Hoy podemos encontrar grupos indígenas de Oaxaca a todo lo largo del corredor noroeste de la República Mexicana, particularmente en Sinaloa, Sonora y Baja California. De estos grupos destacan los Triquis, quienes provienen de cinco municipios ubicados en un territorio conocido como Nudo Mixteco, en la con-fluencia de la Sierra Madre Oriental y Occidental, del Estado mencionado. Este grupo se caracteriza por ser gregario y por el arraigo a sus tradiciones basadas en liderazgos, modelados desde la figura de la “mayordomía” que les permite la gestión de recursos y la cohesión basada en sus tradiciones, fiestas, trajes típicos y uso de su lengua.

A partir de 1984, diversos grupos familiares de Triquis empezaron a asentarse en el Poblado Miguel Alemán, del Municipio de Hermosillo, Sonora. En lo relacionado a la base de su alimentación, en su lugar de origen, es la tortilla de maíz, los totopos, los tamales y las hierbas que consumen crudas o cocidas. En época de lluvias colectan hongos, hormigas y chapulines que asan para comer. Al cambiar a un ecosistema distinto, este grupo indígena se ha visto forzado a modificar su dieta, lo que repercute en nuevos problemas de adaptación y de salud. No obstante que la zona de asentamiento es eminentemente agrícola, lo que en ella se produce se exporta y lo que se vende en abarrotes y supermercados se lleva directamente de los comercios de Hermosillo, encareciendo el costo y dificultando su compra. Para compensar, los Triquis recurren a la siembra de traspatio donde cultivan maíz, frijol e inclusive “hierba santa” que utilizan para aderezar sus platillos. Igualmente crían aves de corral que suelen consumir en días festivos. Sin embargo, tales prácticas resultan insuficientes y la mayor disponibilidad y acceso a los alimentos “chatarra”, ha traído como consecuencia mayores casos de obesidad, principalmente entre las mujeres.

Otra situación documentada en este estudio fue el desarrollo desigual observado al interior de esta población indígena. Para ello se construyó el índice de Desarrollo Social de este grupo indígena, una herramienta estadística que permitiera mostrar objetivamente el grado de avance y bienestar de una población en particular. Como elementos de análisis se consideraron el acceso a los servicios públicos, el bilingüismo y la alfabetización. A partir de estos datos se concluyó que, si bien las condiciones de infraestructura de los Triquis asentados en Sonora mejoraron al contar en el Poblado Miguel Alemán con facilidades para contratar luz eléctrica, agua y drenaje, su arraigo a las costumbres y tradiciones, han dificultado lograr un desarrollo equitativo entre varones y mujeres de su mismo grupo.

El Índice de Desarrollo Social de los Triquis que migraron a Sonora, fue superior al de los Triquis en el Estado de Oaxaca pero en el caso de las mujeres, éstas se mantienen en un nivel de desarrollo bajo, principalmente, porque entre ellas había más analfabetismo y monolingüismo. La mejoría también estuvo basada en una mayor oferta de productos alimenticios, así como en el acceso a trabajos asalariados mejor remunerados que en su lugar de origen.

Hasta ahora, son pocos los estudios que dan cuenta del impacto diferenciado de la pobreza en hombres y mujeres debido a que la mayoría de los indicadores utilizados no son lo suficientemente sensibles para evidenciar las desigualdades de género.

Lo anterior se hace más notorio en los grupos indígenas caracterizados por sistemas ancestralmente patriarcales, donde los mecanismos de segregación van más allá de la división desigual del trabajo. Ello es importante de analizar, en especial, porque ante la limitación de recursos para atender a los grupos vulnerables, los tomadores de decisiones requieren de elementos objetivos que les permita justificar la distribución diferencial de los presupuestos. También resulta útil para los grupos que promueven acciones afirmativas a favor de las mujeres el impulsar, ante los gobiernos, la asignación de presupuestos con sensibilidad de género.

Si bien la migración permitió a las mujeres Triquis tener mayor acceso a fuentes de empleo -distintas a las del trabajo doméstico- y a la educación formal, la toma de decisiones familiares y comunales, las jerarquías instituidas por edad y sexo y la distribución desigual de los recursos comunes persisten pese al contacto con otras formas de ser varón y mujer. El arraigo a costumbres basadas en relaciones de género inequitativas, es un factor asociado al nivel bajo de desarrollo de los pueblos indígenas y a la feminización de la pobreza. Para las mujeres, no basta migrar para mejorar su calidad de vida.

Las Triquis asentadas en el Poblado Miguel Alemán, no tienen ya que hacer largas caminatas para traer agua o combustible para la preparación de sus alimentos. Sin embargo, se mantienen monolingües y analfabetas o con muy bajo nivel de escolaridad. Considérese aquí, por ejemplo, las dificultades de estas mujeres al atender problemas de salud de sus hijas o hijos para comunicarse con el personal de salud de la región a donde migraron y donde carecen de los recursos tradicionales para la atención primaria. Por lo mismo es necesario desarrollar más estudios que muestren de manera objetiva las desventajas de mantener a las mujeres indígenas inmersas en un sistema de costumbres y tradiciones que poco contribuyen a su desarrollo como integrantes de un grupo étnico.

De ahí que no sea raro documentar entre los padecimientos de los Triquis de Sonora, aquéllos similares a los de su región de origen como la parasitosis, infecciones respiratorias y el alcoholismo en jóvenes y adultos. Junto con estos padecimientos coexisten enfermedades de “la riqueza o abundancia” como la diabetes y las cardiovasculares.

En conclusión, y tal como señalan Psacharopoulos y cols. (1994), la educación es vital para mejorar la calidad de vida de los grupos vulnerables. En ese sentido, las políticas hacia la población indígena deben dirigirse a elevar el nivel educativo de la misma, sin distinción de sexo. Con el aumento de las capacidades, se incrementan también las oportunidades para tener acceso a una mejor calidad de vida.

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1Maestra en Ciencias, 2Profesora-Investigadora Titular y directora de la presente investigación.

 

Fuente:

http://www.ciad.mx/boletin/marabr04/Migracion.pdf