Uno de los principales procesos de desintegración y opresión cultural a que han estado sometidos nuestros pueblos (y lo siguen estando) es la religiosa occidental. Con la llegada de los españoles a nuestras tierras se impuso una nueva forma de veneración y creencia que defiere en su totalidad con la de la religión propia, como la veneración al Dios del Rayo. Mediante un proceso lento pero hasta cierto grado eficiente, occidente nos cristianizó edificando iglesias y bautizando con nombres hasta entonces desconocidos.
Con la cristianización se pretendió que los pueblos triquis abandonaran su concepción materialista del mundo para ser simples idealistas de un “Yo” todopoderoso que existe pero no se ve. Antes de esto, el Dios del Rayo constituía la deidad de mayor importancia para la pueblo Triqui. Se considera esta creencia de corte materialista porque es un ente visible y concreto, como lo es La madre Tierra, dador de los elementos necesarios para la supervivencia.
Si bien el cristianismo logró su encomienda, nuestra teología propia persistió y hasta cierto punto, aún en la actualidad prevalece oculto entre las prácticas cotidianas de nuestro pueblo. Práctica que en los últimos años ha recobrado su fuerza y empieza su reivindicación en medio de un ambiente de teología dual, porque mientras por un lado se ofrecen misas, por el otro, en las montañas y cuevas se ofrenda al Dios del Rayo.
Las principales comunidades Triquis han retomado esta práctica de venerar a su deidad propia. Cada comunidad principal tiene su centro de ceremonia que consiste en una cueva donde se cree que es la Casa del Señor del Rayo. Lo celebra la comunidad de San Martín Itunyoso, San Juan Copala y San Andrés Chicahuaxtla, que son las comunidades principales en donde convergen las otras comunidades circunvecinas.
La veneración de esta deidad propia empieza a tomar importancia en las festividades religiosas-sociales de los pueblos triquis. De llegarse a intensificar y convertirse en un elemento importante dentro de nuestras festividades, estaremos reivindicando nuestro derecho de creer en lo que es nuestro, sobre todo, se constatará el fracaso de la homogenización religiosa cristiana, aunque es necesario advertir que la erradicación del cristianismo no es posible ni necesario.
Fidel Hernández M.
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