Los triquis de Chapala, una comunidad que prefiere ocultar su origen

Paloma Robles
27 de mayo del 2010

El antiguo conflicto por la autonomía del pueblo triqui de la región de San Juan Copala, en Oaxaca, ha producido una diáspora de indígenas de dicho grupo a todo el país. Alrededor de una treintena de familias de origen triqui vive desde hace más de dos décadas en la Ribera de Chapala. En su mayoría profesan el protestantismo y habitan en colonias como Plaza de Toros y la Cascada en Chapala. Otros más se localizan en Ajijíc.

Se dedican a la venta de artesanía. Tejen morrales y telares de lana con formas de paisajes, los venden por escasos 100 pesos. Además, distribuyen pulseras, collares, diademas, dulces regionales (de Chapala), artículos de piel y hasta discos piratas.

La comunidad es celosa y esconde su origen. A pregunta expresa -¿De dónde son?- inmediatamente responden con enojo, “¡De aquí de Chapala vaya y pregunte a la de allá!”.

Sus telares de cintura que esconden entre tablas y ganchos los delatan, lo mismo que sus rasgos y en algunos casos sus vestimentas, unos huipiles en tonos rojos, tejidos a mano, con listones de colores en tiras; que en esta ocasión sólo visten las más ancianas. Se defienden en su silencio: “que no quieren hablar con usted”, traducen los niños.

Margarita tiene 12 años viviendo en Chapala, vino desde San Juan Copala donde dice, “era difícil vivir”, su marido tenía una tía que vivía en la Riviera, aquí se quedó.

A ella se sumaron otros triquis que en cada periodo vacacional huyen de su tierra natal y se adhieren al panorama local. Según refiere Margarita, sólo en Semana Santa fueron ocho los paisanos que vinieron de visita y ya no regresaron a Oaxaca.

Es viuda, su esposo murió hace siete años, le dejó cinco hijos a su cargo; el mayor tiene 22 años y trabaja en el Ayuntamiento de Chapala de mandadera; la menor de sus hijas tiene apenas 12 años, se llama Esmeralda y va a la secundaría.

Margarita explica que su esposo “se tiró a la bebida, se dejó morir, tenía diabetes y en una tomada le dio una embolia; cuando él murió yo también empecé a tomar cerveza pero de qué me servía gritar, llorar, sino gano nada, dije”. Guarda silencio, recuerda: “mis hijos estaban chiquitos, yo sólo me puse a trabajar”.

Originaria de Pinotepa Nacional, dice que allá no se puede vivir, “menos en San Juan Copala” de donde son originarios todos sus vecinos de venta y donde ella vivió con su esposo.

Está muy feo por allá, se tiran a matar por puros corajes, chismes de que si tienen dinero, de quién es el que manda. Se pelean por habladurías y pleitos yo no quería eso para mis hijos, nomas pensando si los iban a matar, si ya no regresaban de la escuela o si estaban en la cárcel”, refirió Margarita, quien explicó que en una de esas grescas murió su papa, su hermano y un cuñado.

Agrega: “el pleito en mi pueblo está desde que yo era chica, imagínese tengo 43 años y no se termina”.

A pesar de que dice que la vida en Chapala es más tranquila, a sus hijos los ha tratado de colocar en lugares en los que ella piensa que se pueden alejar de la propia comunidad triqui asentada en la Rivera de Chapala, donde el fenómeno de la violencia se ha trasladado desde Oaxaca.

“No les interesa convivir”, declara una de las vecinas de local, quien indica que en un principio trató de acercarse pero asegura que “ellos no tiene Ley”.

Le ha tocado presenciar pleitos en los que se golpean hasta arreglar cuentas, “entre mujeres, entre hombres, no importa”.

Lo anterior lo confirman por lo menos otros tres locatarios que acusan que incluso por una golpiza quedó una indígena “dislocada del cuello” (sic). Desde hace seis meses que no ha vuelto abrir su puesto.

La policía los conoce, “siempre les da la razón a los más fuertes” dice una vendedora del andador.

“Están organizados en dos grupos y por desacuerdos de cualquier tipo se pelean, asuntos familiares, de sus puestos, de los precios”, explica un policía municipal.

“Nosotros nos hemos enterado de sus pleitos y pues los agarramos cuando los vemos que se golpean, pero pues se arreglan entre ellos y en su idioma, no podemos hacer nada”.

Para el síndico de Chapala, Moisés Anaya Aguilar, el asunto es menor, “son sólo vendedores, no hacemos distingos, no tenemos problemas con ellos y la organización se da con sus líderes”, repuso. Desconoce el mecanismo violento para la resolución de conflictos.

Se dividen:

La división del pueblo triqui ha derivado en los últimos años en un asunto de paramilitarismo. Recientemente se ha conocido por el asesinato de Timoteo Alejandro Ramírez, líder del Movimiento de Unificación y Lucha Triqui Independiente (MULTI). Así como la emboscada a la caravana “Por la Paz y Solidaridad de la Región Triqui”, el pasado 27 de abril; ataque en el que murió la activista Alberta Cariño Trujillo y Jyri Jaakkola, observador internacional finlandés.

“Yo no entiendo por qué tanta división, al fin y al cabo somos de la misma región, hablamos el mismo lenguaje” refiere María Hilaria Martínez, indígena triqui de San Juan Copala, que vive en Tlaquepaque, Jalisco.

Agregó: “Yo directamente le echo la culpa al gobierno que ha creado grupos. Está cruel, te da miedo llegar allí. El pueblo no va a progresar, hay muchas personas preparadas que no se quedan por que tienen otras ideas, no hay trabajo. Mientras mis paisanos triquis estén con armas en la mano, nunca van a progresar, van a ser un pueblo hundido y siempre va ser así porque desde que yo tengo uso de razón siempre ha sido así”.

Sentenció: “Somos tontos, porque mientras unos están pelando hay muchos recursos que se están desviando, yo pienso que el gobierno está distrayendo a la gente”.

 

Fuente:

http://www.lajornadajalisco.com.mx/2010/05/27/index.php?section=politica&article=009n1pol

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